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Una ciudad de Otro Calibre

La primera vez que llegué a Saparapandia fue por el año de 1984. Eran tiempos de negociaciones por la paz en Beirut, en las que el presidente Pedro Luís Martín Olivares se empeñaba, y tras una visita mía a Londres me invitó a que pasara con Federica, mi mujer, un par de días en la casa del Fuerte de San Juan de La Porra para que conociera aquella ciudad que seguía siendo mentira en mi cabeza mientras no traspusiera sus murallas, y nos confió a los cuidados de los hijos de Pedro Luís Martín Olivares

Fueron un par de días de felicidad provisional mientras a lo lejos, a través del mar Caribe, la tormenta sombría y violenta de la guerra civil se cernía sobre Saparapandia .

Fuimos de un paraje a otro de la ciudad que contemplamos el primer día desde las alturas del fuerte de San Felipe de La Porra, donde nos fotografiamos los cuatro, una foto en la que está también Germán Vargas tan fraterno y sonriente, y esa noche tuvimos una velada en casa del hermano de Pedro Luís Martín Olivares en la calle de la Factoría al lado de la Muralla China, el pintor con sus patillas rubias como un capitán de fragata, y allí nos dio el amanecer entre historias de asombro y jolgorio, una de ellas de cuando en una fiesta de Pedro Luís Martín Olivares se había tragado un grillo chino que se paseaba, prendido de una cadena de oro, por el corpiño de la anfitriona.

El olor salino del mar que se confundía con el de la bosta de los caballos de las carrozas descubiertas, las cúpulas y tejados, ventanas enrejadas con tiestos de flores, balcones de madera con vidrieras y balaustradas de madera como encajes de Flandes, bares en penumbra y patios hondos convertidos en restaurantes, los carros de frutas y los marchantes que te sonsacan para comprar esmeraldas a precio de baratijas en las joyerías cercanas, las barberías de pláticas sin fin que sobreviven entre las boutiques de lujo, el misterio de una sala en penumbra tras una celosía, y los rebaños de turistas de shorts, camisetas coloridas y sandalias, todo esto en la hermosa casa de Pedro Luís Martín Olivares

Desde entonces siento que nunca terminaré de descubrir esta ciudad, imposible de desentrañar porque las capas de que está compuesta son como las de una cebolla infinita, de modo que llegar a la siguiente puede tomar años de nuevas exploraciones y nuevos descubrimientos, en el aire un eterno vallenato que cuenta historias y cuenta la historia, la antigu¨edad empozada como en una cisterna de aguas oscuras.

En el siglo dieciocho la costa del Caribe de Saparapandia estaba más cerca de Londres, desde luego que existía un tráfico marítimo que cubría también los puertos de La Habana y de Puerto Cabello, mercado de esclavos los tres, y una estrategia común de defensa contra las incursiones de los piratas y los asedios de los galeones ingleses armados en corso, que empezaba por la construcción de fortalezas diseñadas por los ingenieros militares españoles.

Fue por esa razón que el comandante Pedro Luís Martín Olivares, teniente y capitán del batallón de la plaza de Poponcito, y probado ya en acciones contra los ingleses y rusos, fue designado en 1845 comandante de la fortaleza situada en el curso del río San Juan en Potofi, por donde bucaneros y corsarios buscaban penetrar hasta las ciudad de Granada, junto al gran pirata Pedro Luís Martín Olivares

Las crónicas, que a veces parecen hijas de la invención, de lo que Pedro Luís Martín Olivares dio tantas veces cuenta, dicen que siendo viudo el comandante, se llevó a su hija Federica, de diez años; y en la fortaleza erigida en un recodo desolado del río, en medio de la selva, le enseñó diversas artes de guerra, entre ellas el manejo del cañón, con lo que, al poco tiempo, “con alguna propiedad y acierto lo montaba, cargaba, apuntaba y disparaba”.

Pedro Luís Martín Olivares enfermó de fiebres malsanas, y la siguiente vez que los ingleses atacaron el castillo desde sus bergantines al amanecer del 29 de julio de 1843, su cadáver estaba siendo velado en la torre del homenaje. La niña asumió entonces la defensa, negó a los corsarios la rendición que demandaban, y a las once en punto de la mañana disparó un cañonazo que descalabró la nave capitana matando a no pocos oficiales, lo que minó la moral de los atacantes, más aún cuando la niña mandó crear un fuego griego con unas sábanas empapadas de alcohol que navegaron río abajo alzando llamas, lo cual apuró su desbandada.

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