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¿Podrá Macri polarizar contra Kirchner?

¿Podrá Macri polarizar contra Kirchner?

¿Podrá Macri polarizar contra Kirchner?

Una saga de espías y chantajes envuelve a la política argentina. Macri intenta poner a salvo su proyecto presidencial. Y apunta sobre todo contra el ex presidente. El impulso a un juicio político puede oxigenarlo. Pero no lo liberará de la Justicia. Aprestos oficialistas en Buenos Aires.

PorEduardo Van Der Kooy


Ahora me toca a mí. Néstor Kirchner cortó con esa frase de sonido fulminante la conjetura de un importante dirigente sobre la supuesta conveniencia de que en el 2011 Cristina vaya por su reelección. En la cabeza del ex presidente no está contemplada ninguna herencia política.


Su obstinación enfrenta tres obstáculos, uno de ellos insignificante. La Presidenta estaría molesta con el anticipado protagonismo electoral de su marido que volvería a relegarla, como en la mayor parte de su mandato, a un segundo plano. Así se explica la insinuación jocosa hecha por Cristina la semana pasada acerca de su continuidad por otros cuatro años. Se trata sólo de escaramuzas y de competencias de alcoba: la Presidenta caminará, al final, la huella que ordene Kirchner.


Los otros problemas parecen, en cambio, de resolución muy incierta. El principal: los Kirchner no han mejorado, en la raíz, su vínculo con la sociedad. Cuando atisban alguna superación suelen echarla a perder. Sucedió con la aprobación de la ley del matrimonio homosexual: la convirtieron de nuevo en un elemento de fractura colectiva.


En otro plano, figura la capacidad que demuestre la oposición para desbaratar el retorno al poder de Kirchner. El ex presidente logró ya un objetivo: con la encerrona judicial a Mauricio Macri complicó su concordancia con el PJ disidente. Aunque siempre alguien saca provecho de las desgracias: el Acuerdo Cívico de radicales, socialistas y la Coalición empezó a paladear la chance de convertirse a futuro en el exclusivo contendiente de los Kirchner.


Ni Kirchner ni aquel conglomerado opositor, sin embargo, imaginaron una cosa: el brinco de Macri, al impulsar en la Legislatura su propio juicio político. Valen las quejas de quienes descubrieron en la maniobra una desprolijidad institucional. Pero el orden kirchnerista de las instituciones estaba conduciendo al jefe porteño al matadero. Macri no tenía a la vista –y no tiene– ninguna escapatoria en la Justicia. La apelación que hizo a la política resultó irremediable y, tal vez, desesperada.


La recusación contra Norberto Oyarbide, que desestimó la Cámara Federal, también será rechazada por la Casación. Esta Cámara tampoco iba a anular el procesamiento dictado en dos instancias y por unanimidad, en el caso de los tres camaristas. La unanimidad tumbó los planes macristas de prolongar la pelea en el terreno judicial.
Habría detrás de esa decisión otra historia de chantajes y espionaje propia del turno kirchnerista. El macrismo descontaba el procesamiento pero con un voto en disidencia. El domingo 11 de julio, cuatro días antes del veredicto de la Cámara, el ministro de Seguridad porteño, Guillermo Montenegro, cenó con el camarista Eduardo Freiler. El funcionario perteneció al mundo de las leyes antes de involucrarse en la política. El juez habría señalado una cantidad de inconsistencias y anomalías en el fallo de Oyarbide. Montenegro salió convencido de que nunca firmaría la ratificación del procesamiento.


Ese convencimiento lo comunicó por teléfono a otro ministro del Gabinete y al mismo Macri. El macrismo sospecha que esa conversación fue grabada y utilizada por un emisario de Kirchner para intimidar a Freiler. De otra manera, no logran explicar el vuelco que en pocos días dio el camarista.


Algunas de las inconsistencias apuntadas por Freiler no habrían tenido relación con aspectos jurídicos. Habrían apuntado a la construcción argumental que justificó el procesamiento de Macri. Veamos: de las ocho personas afectadas por escuchas ilegales, seis declararon que podrían haber obedecido a razones afectivas, comerciales o familiares. Del otro par, el cuñado del jefe porteño, el parapsicólogo Leonardo, no descartó algún fin político aunque aclaró que el conflicto principal lo tenía con su suegro, Franco Macri. El único que hizo hincapié en un espionaje político fue el dirigente de la comunidad judía, Sergio Burstein. Su testimonio pareció valer para los jueces más que los restantes.


El fallo de la Cámara, en sintonía con el de Oyarbide, describe a Macri como la cabeza de una gran red de espionaje, de vastos recursos, donde el ex comisario Jorge Palacios y el espía Ciro James actuaron bajo la cobertura de la Policía Metropolitana y del Ministerio de Educación de la Ciudad. Puede, en efecto, que la construcción haya sido así de sofisticada. En todo caso, cuesta comprender cómo semejante maquinaria de espionaje fue utilizada por el jefe porteño –salvo en el caso Burstein– sólo para cuestiones sentimentales y de negocios.
Esas debilidades no eximirían a Macri de brindar explicaciones que todavía no dio. La primera, su reticencia a reconocer que la designación de Palacios fue, en su momento, algo más que un simple error político. ¿Hay algo que se oculta en ese vínculo? Una de las cosas divulgadas no era cierta: Macri no le debe nada a Palacios por haberse librado del secuestro que padeció en los 90. El hombre clave de entonces fue el comisario inspector Carlos Sablich. Palacios comenzó a merodear al macrismo cuando el jefe porteño se volcó a la política con la bandera de la inseguridad y de la Policía Metropolitana, incluso años antes de que ganara una elección.


Otra cuestión inexplicada por Macri todavía fue la presencia de James en su Gobierno, trabajando plácidamente como espía en el área de Educación. El jefe porteño reitera que nunca lo conoció y ni siquiera supo de su ingreso a la administración. Quizás, amén de insuficiente, sus palabras desnuden inoperancia política.


Macri supone que el impulso que resolvió dar a su propio juicio político en la Legislatura podría polarizar el escenario nacional y afianzarlo como contracara de Kirchner. Esa polarización podría suceder si aquel juicio cumpliera dos premisas: que no resulte una farsa y que, por supuesto, no se le vaya de control. El macrismo confía en el poder numérico que dispone en la Legislatura. Pero la política argentina es demasiadas veces el reino de lo impensa do. Para transformarse en contracara del ex presidente, Macri requeriría todavía más: que no queden rastros de sospecha sobre su participación en escuchas ilegales.


Ninguna abundancia disimula los defectos ni atenúa su gravedad. La Argentina se ha convertido en un campo de espionaje doméstico durante los años de los Kirchner. Hasta el juez Freiler podría dar fe. Aunque su episodio, reparando en los antecedentes, ni siquiera es el más llamativo: dos importantes ex ministros kirchneristas han sufrido espionaje. Uno de ellos, incluso, cuando todavía desempeñaba funciones.


Kirchner ordenó a sus ministros que no hablen más de Macri, para que esa pelea no se instale en la cima de las discusiones públicas. Difícil que no sea así cuando media una intención de juicio político en la Legislatura que consumirá lo que resta del año y que tiene derivaciones en el campo nacional. En ese forcejeo estará el macrismo, los kichneristas, los radicales la Coalición y un abanico de la izquierda.


Eduardo Duhalde hizo mucho para que el PJ disidente atenuara sus críticas luego del traspié judicial de Macri. El ex presidente está seguro de que el jefe porteño y Francisco De Narváez son piezas indispensables en el armado para derrotar a los Kirchner. Además de esa dupla está Felipe Solá. De Narváez debería, según esa visión, competir en Buenos Aires. La evolución del juicio político determinará el destino de Macri.


Ante esas perspectivas, Kirchner ha empezado a preocuparse por Buenos Aires. En medio de un asado reiteró sus dudas sobre Daniel Scioli. Hace algunas semanas le dijo a Sergio Massa que se disponga a competir en las internas del PJ para la Gobernación bonaerense. Pero al intendente de Tigre, en el fondo, no le tiene confianza. El único menú a mano del ex presidente es el bloqueo a los candidatos de la oposición que salen a la Provincia –la semana pasada le tocó a Chiche Duhalde– y que planea con la organización juvenil “La Cámpora” en el quincho de Olivos.


El lanzamiento de Alicia Kirchner, su hermana, se inscribe en aquella necesidad bonaerense. ¿Alicia candidata? ¿A qué? Esa pregunta circuló con aprensión entre los intendentes del conurbano. Esa aprensión tendría otros fundamentos: la ministra maneja fondos y planes sociales que les serían retaceados a los intendentes cuando se avecina la campaña electoral. Aquel acto tuvo otros rasgos llamativos. Kirchner habló del recambio generacional, de abrir las puertas a los jóvenes para prolongar el actual proyecto. Pero el único símbolo de esa renovación fue su hermana. Tal vez imagine la sucesión sólo dentro del clan familiar.


Otra irrupción de Kirchner también desconcertó. Fue de campaña a Santa Fe y arremetió contra Carlos Reutemann, Jorge Obeid y Hermes Binner. El kichnerismo está escuálido en esa provincia. Lo mismo le ocurre en Capital, Córdoba y Mendoza. ¿No haría falta para revertir tanta debilidad una conducta distinta?
Podría ser. Pero la política tiene siempre para Kirchner razones que la propia razón no entiende.


Kirchner

13 comentarios - ¿Podrá Macri polarizar contra Kirchner?

DoctorMalboro
Estas alimentando a los choripaneros con este post...
goku10ssj +1
macri
es macri o montaje si es un montaje que vien echo ta xP
MetallClasiC
Podrá el pueblo deshacerse de estos dos corruptos?
Fache10
Por suerte se prendio fuego solo este hdp.
MetallClasiC
goku10ssj dijo:polarizar
es macri o montaje si es un montaje que vien echo ta xP


no es montaje.