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Recorrido por los crímenes de la mafia criolla

CRITICAS DE LIBROS
Recorrido por los crímenes de la mafia criolla


CAPITULO TUCUMANO.
Agata Galiffi, la "flor de la mafia", intentó dar un gran golpe al Banco de la Provincia en 1939.
Investigación
HISTORIAS DE LA MAFIA EN LA ARGENTINA
OSVALDO AGUIRRE (Norma - Buenos Aires)

A nadie le es desconocida a estas alturas la palabra mafia. En nuestro país la usan desde políticos, médicos, docentes y, por supuesto, policías. El término engloba a un grupo destinado a cometer delitos. Por eso, un libro cuya portada está destinada en un 60% a esa palabra tal vez no llame la atención. El valor de la obra del periodista Osvaldo Aguirre está centrado, justamente, en lo que reflejan el resto de las palabras que se leen en la tapa: Historias y En la Argentina.
La mafia original es de Sicilia y se remonta a 1860. Y no pasó tanto tiempo hasta que, de la mano de la inmigración, llegó a nuestro país. Según el autor de la obra, el 18 de enero de 1885, en el barrio Porteño de La Boca, apareció el cadáver de Donato Tuttolobronco. Le habían clavado un papel en el pecho que decía: "muerto por traidor". Fue el primer crimen mafioso del país. Es decir, perpetrado por sicilianos. Muchísimos de ellos, revela Aguirre, llegaron al país huyendo de la Justicia italiana. Y pronto encontraron en la Argentina terreno fértil para sus actividades.
No se puede negar que Aguirre investigó a fondo el tema. La sucesión de datos y de anécdotas es abrumadora. Basado en crónicas policiales de la época y en informes policiales, hace una recorrida sobre los principales protagonistas de una organización que tuvo como actividades primordiales la estafa, el secuestro y el homicidio. También hace diferenciaciones importantes sobre los ataques perpetrados por los anarquistas, a quienes a fines del siglo XIX se confundió con mafiosos hasta que, mucho tiempo después, salieron a la luz las diferencias entre ambos bandos.
Amparados en enormes conventillos, los sicilianos convirtieron algunos sectores de Buenos Aires y, sobre todo de Rosario, en verdaderas cuevas de mafiosos. Así también se comenzó a conocer La Mano Negra, imagen que acompañaba los mensajes extorsivos de los mafiosos que tenían como único fin obtener dinero, y que podían incluso determinar la muerte de una persona.
Las historias de Francisco Marrone (Chicho chico) o del mítico Juan Galiffi (Chicho grande), sus encuentros y las traiciones que tejieron entre y contra ellos son parte también de esta historia, narrada a lo largo de poco más de 400 páginas.
Aguirre relata los casos como una novela, pero uno no puede dejar de olvidarse que no hay nada de ficción en ellas. Así cuenta, por ejemplo, el secuestro y posterior asesinato de Abel Ayerza, en 1932, lo que marcaría el comienzo del fin de la mafia como tal en el país ante la ola de indignación que obligó a la Policía, en gran parte cómplice de los delitos de los inmigrantes, a poner fin a sus actividades.

En nuestra provincia

Para los tucumanos es especial el epílogo del libro. Allí se da cuenta de lo que habría sido el último gran ataque mafioso, protagonizado por Agata Galiffi, la "flor de la mafia", la hija de Chicho Grande. Y fue en Tucumán, justamente, donde en 1939 se descubrieron sus planes de robar la bóveda del Banco de la Provincia, luego de haber construido un túnel de 120 metros. La enorme pared de concreto evitó el atraco y, además, el descalabro financiero, ya que los mafiosos pretendían cambiar el dinero del tesoro por billetes falsos. Galiffi pasó siete años detenida en Tucumán hasta que salió en libertad y murió en San Juan en 1987.
No deja de ser paradójica la foto que publica Aguirre en la tapa del libro, justamente bajo la enorme palabra Mafia, y que refleja a un grupo de policías.
LOS ASESINATOS MAFIOSOS EN BUENOS AIRESRecorrido por los crímenes de la mafia criolla
Colóquense en serie tres crímenes: asesinato de Nora Dalmasso, asesinato de María Marta García Belsunce y asesinato de Luis Emilio Mitre.

En los tres, surge un adjetivo común: “mafioso”.

En el caso cordobés, lo utilizó el abogado del “perejil” y lo utiliza todo el pueblo de Río Cuarto. En el caso porteño, lo usó “Ener” Gaspar Chiappetta. En el caso del conurbano bonaerense, lo usó el ex comisario Casafús.

En este último caso, hay un valor agregado: que un oficial de la Policía Bonaerense designe como “mafioso” al crimen y a la familia de la horripilante María Marta es una especie de condecoración internacional para el crimen. Es como si Clint Eastwood saliera de un cine después de ver una película dirigida por un director que no fuera él mismo y dijera “¡ay, pero es una película muy violenta!”.

Es insano entenderse con la lacra de los abogados; de todos modos, uno sabe que no existe en el Código Penal argentino la figura del “crimen mafioso”. “Supongamos –diría el Gordo Gostanián, crítico literario de Mavrakis.com.ar- que en el discurso medio popular, el término “crimen mafioso” denote una sola perspicacia: la de un crimen por encargo, en manos de un sicario cualquiera pero ordenado por una figura relevante. Y en un país donde la única aristocracia es el dinero –recordarás a los poetas modernistas de antaño, Mavrakis-, la relevancia más firme significa una sola cosa: la tenencia indiscriminada del dinero suficiente para matar a cualquiera y continuar impune y en libertad”.

Los crímenes mafiosos argentinos son tan berretas que los celan los mismos miembros de la familia del asesinado, con el rol asequible de ser, precisamente, encubridores. Disimuladores interesados de “lo que pareció un accidente”.

Es un año de elecciones, y la administración mediática de la Justicia podría cargarse al patrimonio -¿por qué no?- de dos o tres “mafiosos” capaces de decretar “crímenes mafiosos”. Es muy imaginable la situación de un Macarrón condenado y de un Carrascosa condenado. ¿Será posible que caigan también “los encubridores” en primera fila detrás del crimen de Luis Emilio Mitre? La semana pasada hubo una misa “in memoriam” del occiso de apellido patricio. A la hora de redactar una crónica, un agente de este staff presente en la ceremonia escribió: “Nadie se permitió ostentar un clima de impaciencia por la impunidad. Lo mismo hizo el diario La Nación, que mantuvo desde el primer momento un tono acaso demasiado circunspecto alrededor del homicidio y la víctima: lo primero se asoció de inmediato a un robo; lo segundo, al mero rol de accionista. En silencio, el crimen reposa en la cómoda abulia de ser, sin derecho al matiz propio, uno más de tantos homicidios ceñidos al circuito de la oferta y la demanda del deseo gay. Aunque sus puntos oscuros podrían filiarlo a la naturaleza de crímenes como los de María Marta García Belsunce y Nora Dalmasso”.

Conste que, una semana antes, y por su solo potencial perceptivo, al agente del staff de Mavrakis.com.ar ya lo avalaban las percepciones similares del ex comisario Casafús: el ex director de la Brigada Antisecuestros acusó a los Belsunce de haberlo usado para "encubrir el homicidio". Confirmó que Horacio, el hermano de María Marta, lo llamó para que "parara a la policía".

¿Y a cuál familiar le tocaría compadecer ante la Justicia en el caso de Luis Emilio Mitre?
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