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...Afuera vienen los lobos. Rancid y Jim Carroll



La madre del pequeño Sammy no quería que el chico escuchara ese sermón comunista. La línea estaba en “The wars end”, la quinceava canción del tercer álbum del grupo punk estadounidense Rancid. El disco se publicó en 1995 y se tituló …And out come the wolves. El título había sido tomado de un poema incluido en The basketball diaries, el libro de 1978 del poeta y músico punk Jim Carroll, un relato acerca de su pasaje de la niñez a la adolescencia en los primeros años de la década de 1960. El libro se volvió un clásico de culto, tanto como Carroll se convirtió en un poeta de culto; en 1995 se hizo una versión fílmica de estas memorias, Leonardo DiCaprio interpretó a Carroll, mejor salteársela. En la mitad de “Junkie man”, la séptima canción del álbum de Rancid, Carroll lee su poesía: “Miré hacia el gran campo/ Se abre como la tapa de una vieja Biblia/ Y afuera vienen los lobos/ Afuera vienen los lobos” y el modo en que enfatiza que afuera, en la nieve, vienen los lobos, arrastra a cualquiera que oiga la canción hacia lo que el poeta está narrando. El poeta se balancea entre la desesperación y el terror, la seguridad de su voz resulta incómoda, hay que retroceder para escuchar su entonación, el modo en que acentúa las palabras, y por un momento uno es capaz de experimentar lo que el poeta experimenta. Luego, la canción continúa hacia su propia banalidad.

“The wars end” es una canción que también puede llamarse “de crecimiento”, un movimiento entre las edades categorizadas por el capitalismo occidental del siglo XX, aunque en este caso el pequeño Sammy se mueve para dejar atrás la adolescencia y no la niñez. “El pequeño Sammy era un punk rocker/ Ya sabés, su madre nunca lo entendió/ Entró a su habitación y le rompió su disco de Billy Bragg/ No quería que escuchara ese sermón comunista”.

A Billy Bragg se lo puede acusar de muchas cosas, pero no de dar sermones comunistas. Es verdad que Bragg ―nacido en Inglaterra en 1957 y bautizado como Stephen William Bragg― grabó versiones de “La internacional” y “The red flag”, una canción asociada a los partidos de izquierda y centroizquierda ingleses. Pero reducirlo a “cantante político” es como sostener que Hamlet trata acerca de un tipo que ve fantasmas. Eso es lo que quizás la madre del pequeño Sammy no llegaba a entender. “Mi teoría es ésta ―dijo una vez Bragg―. No soy un cantautor político. Soy un cantautor honesto. Trato de escribir honestamente acerca de lo que veo alrededor”. Bragg puede hacer muchas cosas, pero lo que no hace, al menos no en sus canciones, es sermonear.

Tiene una ventaja: parece haber leído los libros correctos y haber escuchado los discos correctos. Eso siempre ayuda. En ningún lugar resulta más elocuente que en Mermaid Avenue, el primero de los álbumes que grabó junto al grupo estadounidense Wilco, en 1998, sobre letras nunca musicalizadas ni grabadas del cantautor folk Woody Guthrie, quien vivió entre 1912 y 1967, quien tocaba con su guitarra de “Esta máquina mata fascistas”, quien compuso muchas de las canciones correctas que escucharon las personas correctas: Bob Dylan, Pete Seeger o Joe Strummer, por ejemplo.


link: http://www.youtube.com/watch?feature=player_embedded&v=jhe9tVARzCk

Guthrie había dejado montones de letras acabadas, pero sin música. Su hija se las acercó a Bragg y Bragg llamó a Wilco. El resultado fue uno de los más brillantes discos de música popular de finales del siglo XX. Al escucharlo, al saborear cómo Bragg y Wilco traían a la vida composiciones que habían sido parcialmente imaginadas décadas antes ―en tiempos de guerra y entreguerras, de barcos en el mar, de marineros y poetas, de esperas junto a la ventana, de luchas sindicales, de amores que se embarcan hacia otros continentes, del pelo que empieza a ponerse gris y los sueños se marchitan uno a uno―, podía afirmarse que también Guthrie había leído y escuchado lo que debía leer y escuchar, y después, que había escrito y había compuesto lo que faltaba. La primera canción de Mermaid Avenue se titula “Walt Whitman’s niece” y es posible oír cómo Bragg y Wilco le inventan un futuro a las palabras de Guthrie, y a la vez, cómo le inventan un futuro a la música tradicional estadounidense:

Ayer a la noche o la noche anterior a ésa
(no diré qué noche)
un marinero amigo mío
(no voy a decir qué marinero)
caminó hasta un enorme edificio antiguo
(no diré qué edificio)
y no habría subido las escaleras
(para no decir qué escaleras)
de no haber sido por dos chicas
(dejando de lado los nombres de estas dos chicas).

Me acuerdo de una puerta, de una habitación grande y larga
(no contaré qué habitación)
recuerdo una alfombra de un azul profundo
(pero no puedo decir qué alfombra).
Una chica sacó un libro de poesía
(para no decir qué libro de poesía).
Mientras ella leía, apoyé la cabeza
(y no puedo contar qué cabeza)
en su regazo
(y no puedo mencionar qué regazo).

Mi amigo marinero y su chica siguieron adelante
después de un par de páginas, y ahí estaba,
toda la noche, tirado y escuchando
y olvidando las poesías.
Y hasta donde puedo recordar,
o hasta donde mi amigo marinero puede recordar,
la chica nos dijo que era una sobrina de Walt Whitman
(pero no cuál sobrina)
Y se necesita una noche y una chica,
y un libro de este tipo,
un largo, largo tiempo para encontrar el camino de regreso.

En su colección de poesía de 1855, Hojas de hierba, el poeta, periodista y ensayista Walt Whitman escribió una carta a los “oradores, cantantes, músicos futuros”. Les echaba una maldición, que como toda maldición traía la forma de una responsabilidad y un compromiso: “Ustedes me justificarán/ Yo no hago más que escribir una o dos palabras para el futuro/ Sólo me adelanto un instante, para retornar luego a las sombras/ Soy un hombre que, vagabundo, siempre sin hacer un alto,/ echo sobre ustedes una mirada al azar, y sigo,/ dejándoles la encomienda de probarla y definirla,/ aguardando de vosotros la realización de la magna obra”.

Acaso el pequeño Sammy no estaba preparado para pensar de este modo, no todavía al menos. Lo que no podía saber, porque era sólo un muchacho, es que se necesita una noche, una chica, un libro y un largo tiempo para encontrar el camino de regreso. El pequeño Sammy había sido un punk rocker, pero ahora la guerra estaba terminada. Afuera, en la nieve, venían los lobos.

TEXTO: Marcelo Pîsarro

4 comentarios - ...Afuera vienen los lobos. Rancid y Jim Carroll

rupertolar +4
Un gran post, de la "Pepeck Old School"!. Este es el tipo de post que empecé a leer cuando me metí en Taringa, como el que hiciste de la colimba y Social Distortion, como el de Gary Gilmore, como el de los Misfits y el SLA, etc.
Probablemente todos los que crecimos con en Punk tengamos algo del pequeño Sammy! Que no te entiendan e interpreten cualquier boludez de lo que escuchás, decís o hacés, así como, sin perder la escencia, crecer y ver que hay cosas que no eran TAN así (otras tantas sí, y lo siguen siendo).
Si hay algo que siempre agradecí al Punk y es, justamente, que me llevó más allá del Punk, a descubrir más música, más literatura, más cine, más gente. Y Rancid es una de las tantas bandas que promovió eso en mí. And out come the wolves es un discazo a mi entender, variado y potente.
Ocho y media de la matina recién levantado, no ando muy inspirado para comentar.
Una vez más gracias Pepeck!
pepeck +1
Gracias @rupertolar !!! Muy inspirado para las 8 de la mañna de un sábado! Abrazo grande!!!
vladimirmetz +1
Qué puedo decir... Mi vieja falleció en Noviembre, durante su último año pasamos mucho tiempo juntos, quizá el tiempo que no habíamos compartido en toda la vida, y empezamos a comprendernos, a entender algunas cosas uno del otro, más ella de mí que yo de ella, que ya no sintió que yo no debiera leer algunos libro o escuchar ciertos discos, cuando hubo entre nosotros la comunicación que pocas veces hay entre padres e hijos.
Me faltan sus años, supongo, para entenderla yo a ella, el tiempo dirá.