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Los miedos moran allí donde la luz no habita


La caída del sol y el ocaso de su luz tienen un efecto psicológico del que habla la teoría y que a buen seguro también corrobora tu experiencia personal. El final prematuro del día, como anuncio del invierno y el frío, hace que nuestro estado de ánimo cambie y que muchas de las tardes se apropien de esa sensación apática y temerosa que inunda, para muchos, las tardes de domingo.

De hecho, los mitos y las leyendas se concentran en aquellos lugares y temporadas en los que la niebla cae y las formas se desdibujan de la misma manera que el grafito de un trazo de lápiz emborrona el entorno de la línea al pasar el dedo sobre él. Así, nuestros miedos ya acuden cuando somos pequeños a los espacios de la habitación en los que la claridad penetra con una timidez tenue, miedosa también.

“Amaré la luz porque me muestra el camino, sin embargo, voy a soportar la oscuridad porque me muestra las estrellas”
-Og Mandino-




La luz que sobrevive en la oscuridad es la que da esperanza

Una oscuridad de la que saben mucho los marineros que cortan el mar durante la noche, lejos de la contaminación lumínica de las grandes ciudades y con el único sonido de las olas al romper con el casco del barco. También ellos saben del poder de los faros, que salpican la costa de luces, cada uno con un parpadeo distinto. También saben del poder de los recuerdos, que han dejado en tierra, con la esperanza de regresar pronto.

Una y otra luz mantienen a la vida latiendo. Igual que a los marineros nos ocurre a nosotros. Cuando la luz deja de hacer sombras todos tenemos nuestros faros, nuestros recuerdos e incluso nuestras lunas que fabrican mareas con sonidos particulares. Esas lunas suelen ser personas a las que les tenemos un cariño más inmenso que el azul del mar.

Son ellas las que no dejan que los fantasmas lo invadan todo, son esas luces las que nos dan refugio frente a esa ansiedad que producen los miedos que por las noches se agigantan, buscando el premio de robarnos el sueño. Tendidos en la cama no podemos actuar, así que es nuestra mente la que hace acopio toda la energía que el cuerpo no gasta.

“Caminar con un amigo en la oscuridad es mejor que caminar solo en la luz”
-Helen Keller-




Podemos asegurarnos una luz antes de que la bombilla se apague

Muchos de nuestros padres o madres no han estudiado psicología, sin embargo nos cantan nanas o nos cuentan cuentos. No es su intención, pero con su voz nos relajan y dirigen nuestra conciencia durante ese trecho que va desde el momento en el que la oscuridad que se manifiesta hasta que llega el sueño. Algunos lo hacen tan bien que consiguen que de escuchar sus relatos pasemos a leer un rato antes de cerrar los ojos. Una de las mejores luces para iluminar la noche.

Cuando leemos antes de ir a dormir, desviamos a nuestra conciencia de nuestros problemas y la relajamos siendo espectadores de las aventuras e historias de otros. Nuestra mente trabaja, se cansa y se agota, pero nunca va entrar en un círculo que se retroalimente y en el que la ansiedad crezca y crezca.

Para este propósito, hacer el amor también tiene, en este sentido, el efecto de una buena lectura. La liberación placentera de hormonas que produce esta actividad hace que las conversaciones que podamos mantener con nuestra pareja sean positivas, además de bajar nuestro nivel de energía general. Para este propósito, ¡también es una luz genial!

De aquí que podáis deducir que pocas cosas hay peores para el sueño que irse a la cama preocupados o enfadados. Si nos ponemos en horizontal con esta actitud de irascibilidad mental, nuestra mente trabajará en ese estado y los pensamientos que maneje probablemente estarán en sintonía con la emoción que nos embarga. Por el contrario, si lo hacemos relajados y como meros espectadores del mundo, estaremos preparados para sumergirnos en las aventuras que nos deparen los sueños.

¿Tienes Miedo, A Que Le Temes?

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