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Maxi Kosteki y Dario Santillán (parte 1) - imágenes, histo

Por respeto a estos jóvenes asesinados y a sus familiares, antes de decir algo como "piqueteros de mier..." o cosas así, piensen y reflexionen, espero les sirva para eso este post.
Dejo algunas imagenes en forma de link, ya que pueden resultar impresionables para algunos, las imágenes solo muestran la realidad.
Me parecia innecesario cerrar los comentarios, pero reflexioné y... bueno que le voy a hacer... giles hay en todas partes.

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24/06/2007
Represión y Justicia en la masacre de Avellaneda

Por Joaquín Santiago Gómez

EL 26 DE JUNIO DE 2002 la mayoría de las organizaciones piqueteras bonaerenses coordinaron una acción para bloquear los accesos de tránsito automotor a la Capital Federal, en un plan de lucha político-reivindicativo. En el corte del Puente Pueyrredón, programado por las agrupaciones de zona sur de Gran Buenos Aires, se desató una violenta represión policial que produjo dos muertos y más de 40 heridos por balas de plomo. A raíz de estos hechos se iniciaron diversas investigaciones judiciales. A comienzos del 2006 concluyó la primera de ellas con la condena de siete policías y un civil (ex policía).
En los tres años y siete meses que transcurrieron entre la represión y estas primeras (y quién sabe si no últimas) condenas muchas cosas cambiaron, pero aún más siguieron igual. Al nivel de las transformaciones en el Estado cambió nuevamente el mando del Ejecutivo. La decisión que lleva a Duhalde a llamar a elecciones (a sólo 6 meses de asumir y con la posibilidad de completar un mandato de 2 años) fue tomada poco después de hacerse pública la responsabilidad del aparato estatal en la violencia abierta del 26 de junio. Así como De la Rúa abandonó el poder luego de la manifestación y las muertes del 20 de diciembre, Duhalde lo hizo –según varias lecturas– luego del 26 de junio. Sin embargo, el proyecto del bloque hegemónico que representa Duhalde –al contrario de lo que ocurre con De la Rúa– no se quiebra, sino que se “salva” al ceder el máximo cargo del Ejecutivo. La continuidad del modelo de “dólar alto” (Schorr y Wainer, 2005) durante la presidencia de Kirchner deja en claro su relación con la misma configuración hegemónica dentro de las clases dominantes que permite la asunción de Duhalde en el 2002: es durante la presidencia de este último cuando se producen los cambios fundamentales del modelo. Esta continuidad es patente aunque el Ejecutivo modifique ahora sus relaciones con el “campo popular” (las clases oprimidas). Un ejemplo de esto último es lo que ocurrió en el campo de la política de Derechos Humanos con organizaciones tradicionalmente “opositoras”. También es conocida la invitación a varios dirigentes piqueteros a ocupar diferentes cargos públicos ministeriales en el momento en que estos deciden dar apoyo al nuevo modelo hegemónico del capital.
Sin dudas, la referencia a este complejo proceso es importante para pensar la inscripción de la masacre de avellaneda en la historia de las luchas y también para visualizar el lugar que ocupa el Estado en el desarrollo de los conflictos, la manera en que los incorpora e intenta domesticarlos. Sin embargo, no es esta la única dimensión de la política. El poder estatal no funciona solamente en un juego de representaciones (de las fuerzas sociales) que se configuran como escena política. Este texto intenta abordar una dimensión de conflictividad –y como tal de injerencia estatal– que se materializa en prácticas concretas que, las más de las veces, no dependen de esos actos de voluntad llamados “políticas estatales”. Se trata aquí del terreno de los mecanismos de poder. Esta dimensión de las relaciones de fuerza aunque no es inmutable, tampoco se corresponde con los cambios y continuidades de la escena política del Estado, posee sus propias cronologías.
Aquí intentaremos enfocar un aspecto de esa dimensión del terreno político a través de la puesta en juego de dos lecturas de la represión policial. Por un lado, nos proponemos reconstruir lo que ocurrió ese 26 de junio de 2002 sobre la avenida Pavón, a partir de algunos conceptos locales del “campo popular”; por el otro, queremos cuestionar, desde esta experiencia, la reconstrucción hecha por la Justicia estatal. Para alcanzar estos dos discursos constitutivos de lecturas que nos parecen especialmente significativas (aunque no sean las únicas involucradas en el conflicto: existen diferencias específicas con la narrativa policial, gubernamental, de los medios masivos de comunicación, etc.), trabajamos a partir de entrevistas, periódicos y la causa judicial que termina en la condena de los autores materiales de las muertes de Maximiliano Kosteki y Darío Santillán.
Las condenas logradas contra siete represores, particularmente la cadena perpetua que recae sobre un comisario inspector, y el jefe del operativo, son sin dudas significativas. Implican una batalla ganada contra la impunidad de un aparato policial que, sin ser el principal mecanismo de gobierno, juega un rol protagónico en las formas en que el Estado plantea, todavía cinco años después, la resolución del conflicto social. A pesar de ello, el hecho de que los efectos de esta batalla se hayan desarrollado dentro del juego de la justicia del mismo Estado no resulta indiferente y ello merece ser considerado. La consecuencia más evidente es que esta causa dejó de lado las acusaciones, en tanto autores intelectuales de los hechos, al ex-presidente Duhalde, al gobernador Solá y a muchos de sus antiguos funcionarios como Álvarez, Atanasof, Matzkin, Genoud, Soria, Rodríguez y Ruckauf. Pero aún restringiéndonos a lo que la justicia sí reconstruyó, encontramos que su narrativa estratégica, por las condiciones que impone, continúa protegiendo el papel privilegiado del aparato policial en la resolución de conflictos, aún en una coyuntura en que la táctica exige que se condene la conducta de 6 o 7 policías particulares, como forma de disminuir el costo político-ideológico de la represión.

I. LA REPRESIÓN POLICIAL

En este primer apartado proponemos una reconstrucción local de la represión policial basada en el punto de vista de las columnas piqueteras. Las personas de quienes no se dan los nombres son todas mujeres y hombres que estaban en la lucha en el 2002 y continúan en la lucha hoy. Esta coincidencia en una práctica política no quita que todos asuman muy diferentes responsabilidades y posean experiencias de vida y formación muy disímiles. En lo que ellos dicen se ponen en juego más de una concepción de la práctica política. Por esto, lo que se dice no representa la “sensibilidad colectiva” de un movimiento, ni la visión del “piquetero medio”, ni nada por el estilo. Es parte de una experiencia política colectiva que no se confunde con ninguna organización política aunque a muchas de ellas las atraviese de lado a lado.

a) Los relatos y la experiencia política de la represión.
Según cuentan los que estuvieron allí, y tal como lo reproducen los materiales de prensa, antes del medio día dos puntos de concentración fueron tomando forma: la estación de trenes Avellaneda y la plaza Alsina. Cerca de las 11:40hs dos columnas comenzaron a marchar, desde esos puntos, hacia la subida al Puente Pueyrredón ubicada en la intersección de las dos avenidas. Los que se movilizaban desde la plaza por la Av. Mitre no tenían otro acceso más cercano. Los que avanzaban por Av. Pavón pasaron frente a otra rampa pero el camino estaba cerrado por un cuerpo de Caballería de la policía bonaerense. En el punto de encuentro entre las dos columnas, al pié de la subida al puente de la Av. Mitre, un cordón de unos diez policías de la Infantería cerraba el paso y a pocos metros, sobre la vereda, estaban formados dos grupos policiales más, uno de Marea Azul y otro de Infantes. Las columnas piqueteras intentaron confluir pero el cordón policial que dividía la Av. Mitre en dos no se retiró de su posición. Estos efectivos se mantuvieron firmes en una posición que impedía el contacto entre las dos columnas piqueteras produciendo un efecto “sándwich”. Las cámaras de televisión fueron elocuentes mostrando cómo miles de piqueteros con sus rostros cubiertos por pañuelos hacían una “pinza” sobre una decena de policías que, ante la multitud, parecían indefensos. Una mujer toma de la campera a uno de los policías –más tarde se sabrá que era el jefe del operativo, el comisario Fanchiotti– a esto sigue un pequeño forcejeo entre tres o cuatro personas que la separan del oficial y estalla la represión.
Al comenzar el avance policial con un fuego continuo de gases y balas de goma, las dos columnas piqueteras que avanzaban hacia el Puente Pueyrredón por Mitre y por Pavón reaccionaron del mismo modo: las mayorías rompieron en “estampida” hacia la dirección de la que venían, mientras que los grupos de seguridad, tirando algunas piedras hacia los policías, corrieron para tomar cierta distancia y comenzar a caminar más lento. Ya a unos cuantos metros arrojaban piedras con sus gomeras facilitando que puedan “salir” todos los compañeros. En la corrida por la Av. Pavón, apenas alcanzada la intersección de calles es herido un militante del MTD Aníbal Verón.
“Me doy vuelta y en la intersección de Pavón y Mitre, más precisamente sobre la vereda derecha, mirando desde Mitre a Pavón, veo un grupo de policías de uniforme azul... No alcanzo a hacer más de dos o tres metros cuando siento un impacto a la altura de la cintura, como que se me levanta y me quedé sin respiración... Me caí al piso, me levanté, corrí unos metros más y me quedé sin aire, sentí como que me bajó la presión y empecé a caminar como podía, agarré una especie de palo lo usé como bastón para poder seguir caminando.” (V., testimonio ante la fiscalía de instrucción en el Requerimiento de citación a juicio).
La columna está desordenada, siguen corriendo y retrocediendo en una atmósfera viciada de gases lacrimógenos. Se repliegan pero también se dispersan. A pocos metros de carrera, ahora a unos 80mts del avance policial son heridos por el mismo disparo de perdigones de escopeta al menos otros tres manifestantes.
“Me cruzo con este chico P. que (...) estaba asfixiado por los gases, estaba ya sobre Pavón (...), le doy el bicarbonato, sigo corriendo y enseguida me doy cuenta de que ya no está, y digo: «este boludo se quedó en la mitad de la policía» [ella se ríe]. Entonces es ahí cuando me doy vuelta, no lo veo a él, pero sí veo a la policía de un lado y a la prefectura del otro. Veo a tipos caracterizados como piqueteros rompiendo coches y cosas al lado de la policía. Entonces digo para mí «Z. empezá a correr porque te la van a dar». Corrí unos metros y es cuando siento el impacto en la pierna izquierda… y caigo. Intento levantarme, pero me doy cuenta de que tengo la pierna totalmente fracturada.” (Z.).
“Nosotros veníamos replegando cuando comienza la represión. Cuando comienzan los tiros y la lanzada de gas, ahí debajo del Puente, vamos replegando por la Av. Mitre. Pasamos a Pavón, nos estábamos yendo cuando se juntan la Prefectura con la Bonaerense, y ahí fue cuando escuchamos la rafagada de disparos. Se escucha la andanada y entonces siento el impacto y me preguntan si pasa algo y digo que siento un palazo. Y sigo caminando. (...) Era mi primer impacto de bala y yo ni sabía qué mierda tenía ahí. Tenía un dolor muy fuerte y de a poquito se me iba endureciendo la gamba. Cuando voy andando me encuentro con Z. que estaba en el piso y me pedía que le dé una mano, pero yo ya no podía conmigo. Y siento otra andanada de disparos que rebotan por todos lados.” (N.).
“Entonces pido ayuda. Me levantan. Me sacan dos cuadras hasta el final de Carrefour (...). Y cuando veo que los compañeros no pueden seguir cargándome les pido que me dejen en la estación de servicio y que se vayan. Para que no cayeran ni les hicieran daño.” (Z.).
La ofensiva de la policía comenzó cerca de las 12hs con el avance de la infantería, por esa misma calle avanzó el Jefe del operativo Fanchiotti con Acosta, su chofer. Los dos, en repetidas ocasiones, pasaron entre la formación de infantes para disparar con sus escopetas y luego retroceder. Luego de cada disparo ellos mismo u otros efectivos levantaban del piso las vainas servidas. También avanzaron desde aquella intersección un grupo de Prefectura y uno de Marea Azul. “La directiva principal era dispersar a los manifestantes” (según un efectivo de la Sección Especial de Caballería, Sentencia: 92).
Cuando la corrida pasó la zona de la bajada del puente sobre Av. Pavón, a la altura del Carrefour, los encargados de seguridad formaron una línea y detuvieron un poco la marcha. A unas tres o cuatro cuadras del punto en el que empezó la represión, con heridos y cientos de compañeros para cuidar, era importante mantener la columna, resistir y replegarse en orden “para sacar a todos los compañeros” (I.). Muchos encargados de seguridad que estaban al final de la columna dejaron pasar a sus compañeros y se sumaron a la línea del frente. Las gomeras lanzaban piedras recién arrancadas a la vereda, haciendo que los policías avancen a una distancia prudente. Había poco menos de 100 metros entre la línea más adelantada de la policía y el cordón de seguridad. Según cuentan quienes estaban allí: “era ponerle el cuerpo a las gomas... ponerle el cuerpo a la balas” (O.). Los cuerpos de los compañeros de seguridad intentaban construir una muralla para evitar la desarticulación ante el avance policial.
Podemos ver en estas acciones algo más, junto al objetivo de cuidar y salvar a los compañeros. Las organizaciones intentaban marcar la calle con una valla de cuerpos y delimitar un territorio, lejano al corte del Puente Pueyrredón, pero con el mismo sentido: hacer en la ordenación social un lugar para la afirmación del derecho a una vida digna. La retirada ordenada da cuenta de un poder político, de un lazo que no se deja romper sin ofrecer resistencia, ni aun en los peores momentos. Pero así como el corte no fue tolerado y se impidió la transformación del puente en un territorio de lucha de los piqueteros por medio de su ocupación policial, tampoco se toleró una retirada organizada. Podemos decir, que el territorio de la organización mismo, en el que una muchedumbre de desocupados con sus familias se constituye en “movimiento piquetero”, fue un objetivo de la represión.
A la media hora, las columnas siguen retrocediendo hacia la estación de trenes de Avellaneda mientras la policía avanza con paso tranquilo. El grupo encargado de la autodefensa, devuelve los cartuchos de gas a las patadas o con guantes y lanza piedras. Los disparos con perdigones de plomo continúan, sin apuntar a nadie, para matar a cualquiera, para quebrar la resistencia. Algunos caen al piso, entre ellos Maxi, y todos comienzan a retroceder cargando a los heridos. Cuando el grupo de Infantería, Marea Azul y Fanchiotti con sus hombres del Comando de Patrullas de Avellaneda pasan la subida al puente de Pavón, Prefectura y Caballería descienden de la posición desde la que estaban lanzando gases. Numerosos policías efectúan disparos sobre los piqueteros, algunos con goma, otros con plomo. Muchos manifestantes, como otros antes que ellos, pasan la estación de trenes y continúan por la avenida. Sin embargo, a tres cuadras de la estación tienen que retroceder ante el avance de la policía que desde la dirección que intentaban tomar los empujaba hacia la zona de la que escapaban arriando la muchedumbre para luego cercarla. Primero, desarticulaban la el cuerpo político de la movilización en una multiplicidad de cuerpos individuales, ahora se trataba de juntarlos nuevamente pero en un orden policial y como detenidos.
“Íbamos a entrar a la Estación y alguien dice de adentro «no entren porque es una trampa» y salimos de vuelta, habremos hecho dos cuadras. Y ahí nos perdimos ya todos porque era una avalancha grande, así. Lo alcanzamos a subir a un muchacho, un hombre, que tenía una herida en la pierna. Lo subimos y seguimos, porque lo veníamos arrastrando al hombre. (...) No, no sabíamos de qué agrupación era tampoco. Porque después de todo eso yo quedé con dos compañeras más que agarramos e íbamos no sé a donde ya. (...) Hicimos dos tres cuadras más y ya venía la policía así de frente y hacia un grupito. Entonces, como venían tirando, nosotros nos corrimos para la derecha...” (D.).
“Así que sigo bordeando el tejido y voy a la estación de servicio y trato de ponerme agua. Algunos compañeros entran en la estación de trenes y yo vi compañeros seguir derecho, y ahí me encontré con una compañera.
P: Seguiste por Pavón..?
Sí, ahí estaban la mayoría de los compañeros. Y entonces vemos llegar a la policía a la estación y se escuchan disparos, pero nosotros no sabíamos qué estaba pasando. Y bueno, ahí es cuando salen las lanchas, las camionetas, a corrernos de nuevo. Estaban los chabones arriba de la camioneta disparando, y nos vamos como podemos. A la altura de los siete puentes hay otro destacamento, nos sale otro grupo de policías de un costado, y ya nos vemos cercados, doblamos en la esquina, hicimos unas cuadras más y subimos a los siete puentes...” (N.).
“Tiraban gases, con un auto pasaban y nos tiraban gases. Y el auto se iba. Venía el viento, todo así, y el gas no nos dejaba. (...) Es como arrear, devuelta. Se adelantaban, empezaban a tirar gases y teníamos que volver y meternos en cualquier lugar, correr de un lado al otro... ahí ya no teníamos ¡ni limón! [se ríen], ya lo habíamos dado todo. (...) Nosotros corríamos por avenida Pavón y la policía venía con una camioneta y empezaban a tirar los gases y nos hacían volver. Es como arrear. Y a muchos los agarraron. Pasando la estación. Para el lado de Gerli.” (F.).
Muchos grupos conforman el avance policial cuando éste llega a la estación. Sin embargo, unos pocos policías entran, Fanchiotti y su gente (un grupo que no coincide con ninguna unidad oficial de operaciones). Los demás –según sus propias palabras en el juicio oral– “desobedecen las órdenes” de entrar. Allí está Maxi malherido tirado en el piso, Darío y otro compañero intentan reanimarlo. Las fotos y algunos testimonios nos muestran el centro de mayor intensidad del poder policial, pero éste se manifiesta con esa claridad sólo por el contraste con los valores de dignidad que enfrenta. Los uniformados entran a la estación a los gritos y disparando. Darío le da una mano a Maxi y extiende la otra hacia los policías que ingresan al hall de la estación con sus escopetas, nuevamente el gesto del límite, la muralla, la resistencia ahora reducida a una palma abierta. La mano abierta y la permanencia junto a un malherido podrían aspirar a ser signos universales para expresar el concepto de “tregua”. Un efectivo le apunta y le grita “¡rajá de acá!”, cuando Darío gira e intenta escapar, de espaldas, a menos de un metro, lo fusilan.

b) La represión policial en unos pocos conceptos.
El funcionamiento estatal policial de ese 26 de junio puede resumirse con los conceptos: reprimir, arrear y cercar. Estos conceptos locales, extraídos de los relatos, son de referencia claramente territorial: refieren a una manera de ocupar el espacio. Pero nos remiten también a una manera de ser en el mundo y, a partir de allí, a una manera de valorar y pensar. Nos parece que es imposible separar, al menos en estos conceptos, el modo en que se ocupa la extensión espacial y el modo en que se existe. De la misma manera no podemos separar el modo en que se valora esa existencia y el modo en que se la ocupa. La existencia, al menos la que posee una temporalidad social, está englobada en el modo en que se ocupa la extensión y el modo en que se valora en el pensamiento. Esta articulación, o encarnación, entre territorio y valores aparece con claridad cuando analizamos el dispositivo policial efectuado el 26 de junio de 2002.
Ese día, como muchos otros, la disposición del operativo policial no se limitó a evitar la comisión de delitos dentro de una tarea “preventiva” (aún concediendo que cortar la calle pueda calificarse de ese modo), sino que se encargó de desarticular las organizaciones manifestantes y reduciendo estos cuerpos políticos colectivos en cuerpos individualizados. Los relatos no dejan dudas sobre el sentido global de la actuación policial. Más allá de toda declaración de intenciones, sin perjuicio de que tal vez ni siquiera sean necesarias órdenes concretas, el saber-hacer policial ante una manifestación masiva opositora a las políticas de Estado permite que cientos de efectivos actúen coordinadamente para romper la organización de los grupos que enfrentan. Grupos, aclarémoslo nuevamente, que de ningún modo piensan disputar la fuerza física del Estado.
Primero reprimir: desmembrar las organizaciones espantando a todos con los disparos de sus armas (balas de goma, gases y a veces también balas de plomo). Luego arrear: comienzan a rodear los grupos ya bastante desarticulados que se dispersan, para que tengan que dirigirse hacia los pocos caminos que quedan abiertos. Así, muchos se encuentran encerrados entre diversas fuerzas policiales. Especialmente aquellos que todavía se mantienen en grupos visibles (con algo más de cinco personas). Finalmente cercar: grupos enteros son reducidos como detenidos sospechosos de todos los daños de esta refriega policial. Este manejo de las masas termina con la identificación individualizada de los detenidos que deberán, si el poder judicial así lo dispone, dar cuenta individualmente de sus actos.
Precisamente, en la violencia policial del 26 de junio de 2002 lo que predomina no son policías que incumplen su deber, sino policías que cumplen su función. Lo principal es entender todo el dispositivo policial de represión, arreo y cerco. De otra manera no podemos entender lo que, al interior de este dispositivo, algunos creyeron poder hacer impunemente. Para entender lo incomprensible (el asesinato a sangre fría de una persona desarmada que cuida un herido, los indiscriminados disparos de escopeta hacia una multitud que huye) debemos partir del postulado de que no hay discontinuidad de fondo entre la práctica de los cientos de efectivos que no rompieron ninguna ley y los que sí lo hicieron.
De alguna manera, estos dos policías se apropiaron del derecho a ejercer sobre los manifestantes un poder de muerte. La legitimidad de ese poder, lo que vincula el poder de matar con alguna forma de valorar, no remite a la “psicología de los autores materiales”. No, la forma de existencia donde esa práctica se afirma es el operativo policial completo. En la defensa del orden frente una manifestación las fuerzas policiales no actúan ante ciudadanos, como vimos, actúan ante organizaciones. Pero no se relacionan con ellas sino para desmembrarlas en una multiplicidad de individuos (algunos de los cuales luego detendrán… o matarán).
Es también claro en el relato que estas organizaciones políticas al ingresar en el territorio de la represión policial no tienen ningún derecho, no son interlocutores y por ello ya no pueden llegar a ningún acuerdo. Es como si el umbral de los valores comunes, que ya eran pocas, fuera atravesado irreversiblemente. En la teoría legal esta ausencia de derechos no debería nunca (ni siquiera en el caso de asociación ilícita) alcanzar los derechos individuales. Sin embargo, del otro lado del umbral, en el territorio de la represión, cuando las cosas suceden, no parece fácil que los efectivos diferencien entre la ausencia de derechos de la organización y la ausencia de derechos de los individuos que la componen.
Con dos muertos y varias decenas de heridos de bala el operativo continuó sin que ningún efectivo denuncie lo que ocurría ante sus ojos. Aun cuando en la puerta de la estación de trenes Avellaneda ciertas órdenes son desobedecidas, no se interfiere con las acciones de Fanchiotti. En el contexto de la represión las fuerzas policiales actúan de conjunto pase lo que pase dentro de ciertos límites, pero la cuestión es cuáles son esos límites. A lo sumo encontramos efectivos que se abstienen de seguir, pero de ningún modo ello los lleva a enfrentar el derecho a matar que otros se atribuyen. Esto que puede resultar discutible como generalización es prácticamente inapelable cuando, como en este caso, el que toma la decisión es el superior. Decimos que este tipo de legitimidad, incongruente con la legitimidad enunciada por la ley, está encarnada en el dispositivo de represión-arreo-cerco.
Hasta aquí creemos que queda claro que no son sólo dos, sino cientos, los policías que “se lanzaron en una suerte de cacería, persiguiendo a quienes ya no oponían resistencia” (Fiscal de Instrucción en el Requerimiento de citación a juicio: 69, en referencia a Fanchiotti y su grupo.). Se trata de todo un dispositivo policial de “razzia” (cfr. Tiscornia, 2006). Esta forma de represión policial efectivamente rememora la práctica de una cacería, donde los caminos se cierran, donde no hay valores en común ni la posibilidad de establecerlos: allí se enfrentan seres que no comparten un lenguaje.
En un ejercicio del poder donde lo que se tiene en frente es considerado como una entidad “inorgánica”, tanto más “desordenada” cuanto más politizada, la reducción del otro a un “elemento”, con el que no se comparte ningún valor, ya está efectuada. El otro esta ausente de derecho. El que se ejerza el poder de muerte no rompe el marco de valores inscrito en este dispositivo de la razzia, no excede los límites que permiten la acción de conjunto, es siempre un horizonte posible. En este sentido, todo el dispositivo es ajeno a la legitimidad legal.

Hasta aquí sólo hablamos de un aspecto de la moral policial para la que, en ciertas condiciones, son legítimos los fusilamientos. Sin embargo, en las represiones a las manifestaciones políticas también se pone en juego la definición de los valores del territorio y la escena política que definen el ámbito de la estatalidad.
La decisión de utilizar las fuerzas policiales para lidiar con el conflicto que manifiestan las organizaciones piqueteras implica situar a estos grupos ante los guardianes internos del umbral del derecho (Benjamin, 1999:32). Los piqueteros son puestos, en el mejor de los casos, ante el límite que separa los términos de una enemistad justa y una enemistad criminal. Lisa y llanamente, esta estrategia de gobierno abre el umbral entre la enemistad propia de un orden donde los que se enfrentan tienen derechos y la enemistad propia de un orden donde se condenan las enemistades. La voz de los sin voz es equiparada a un sonido inarticulado (Rancière, 1996). Los piqueteros son puestos ante el umbral más allá del cual nada hay de discursivo y su manifestación política, la afirmación de la enemistad, es puesta fuera de la ley.


II. LA DISCURSIVIDAD JUDICIAL

El 27 de junio de 2002 una gran movilización de organizaciones políticas, barriales, sindicales, estudiantiles y de derechos humanos de Capital Federal y Gran Buenos Aires se dirigió a Plaza de Mayo en rechazo contra la represión más amplia y violenta desde el 20 de diciembre de 2001. Al día siguiente, por una razón u otra, ciertos hechos se hicieron de conocimiento público con la contundencia de la imagen fotográfica y las primeras planas de los matutinos nacionales. Así los gobernantes desdijeron sus palabras (“los piqueteros se mataron entre ellos” habían dicho en la víspera a la prensa) y se declararon “traicionados” por los funcionarios policiales a cargo del operativo.
El Ejecutivo no puede asumir la realidad descubierta de su gobierno sobre la población: sus aparatos marcan el territorio con las determinaciones de clase, la policía empieza a señalar demasiado en concreto cuál es el sentido de la soberanía popular que se defiende: donde valen los derechos y donde no. La relación entre la represión sangrienta y el proceso de movilización popular potenciado por las manifestaciones del 19 y 20 era clara para muchos sectores, y la SIDE la consideraba de gran importancia como lo reconoció durante el Juicio Carlos Soria: “Se estaban empezando a integrar los diferentes reclamos: piqueteros, asambleas, ahorristas… Eso constituía un peligro institucional para la democracia. Había que poner orden” (Cita tomada del Periódico Frente Popular del FPDS, Nº 6, septiembre 2005.).
Además de la relevancia mediática de la represión, tiene un papel decisivo que varias organizaciones piqueteras comienzan e exigir cárcel para los responsables materiales e intelectuales de las muertes, para lo que reciben el apoyo de organizaciones de DDHH, estudiantiles y sindicales.
Ante esto, el Ejecutivo se desentiende de la actuación policial y pone a los efectivos más involucrados a disposición de la justicia. No sin costos políticos, el poder judicial será el encargado de recuperar la apariencia de una soberanía popular igualitaria, sin distinciones de clase. Sobre cómo la reconstrucción judicial logra que estos sucesos parezcan sean con un Estado de derecho tratan las páginas siguientes.

a) De los “hechos” a las “causas”.
Lo primero que debemos tener en cuenta al analizar el funcionamiento de la práctica judicial-legal es el nivel más general en que esta discursividad fragmenta la práctica social. Lo que se dio a conocer como la “masacre de Avellaneda” tiene existencia en el mundo judicial a través de tres causas penales. Una de ellas, como vimos, apunta a los “autores intelectuales” o “planificadores” de los “ilícitos” que se vinculan a dicha masacre. Mientras que las otras dos apuntan a los “autores materiales” o “directos” de los mismos “ilícitos”. Tan sólo una de estas últimas causas terminó la instancia del proceso y es a esta reconstrucción a la que nos referiremos. Esta fragmentación de los “hechos” en tres “causas” ya anticipa mucho acerca del funcionamiento de la discursividad judicial donde toda contextualización o articulación de prácticas se mueve a contracorriente y donde los recortes sobre lo real permiten alivianar y desdibujar la importancia política de lo juzgado.
El discurso judicial acerca de lo ocurrido el 26 de junio de 2002 está dado, por lo pronto, en la sentencia de la causa conocida como “Víctimas: Kosteki, Santillán...”. En tensión con este discurso final se erigieron los alegatos de las querellas y las defensas en el juicio oral. Por lo demás, podemos decir que la sentencia del juzgado se correspondió con la interpretación de la fiscalía. Sin embargo, no es el tema de este texto adentrar en las diferencias o semejanzas de interpretación entre las diferentes estrategias jurídicas y la sentencia, sino dar cuenta del borramiento de la dimensión colectiva de los hechos por la discursividad jurídica en su totalidad: esto es lo que permite reducir el dispositivo policial de razzia a la acción criminal de algunos policías.
Decimos que la discursividad judicial está dada por lo se puede decir, sin que lo dicho pierda legitimidad, en el litigio jurídico. Es decir, esta discursividad es lo que condiciona todo el litigio basándose en el código procesal penal y en las decisiones de los jueces. La discursividad judicial es la condición de posibilidad del discurso jurídico. Todos los actores que participan de esa instancia la aceptan en alguna medida, caso contrario son condenados a perder toda efectividad dentro de esa arena de resolución de conflictos.
Este sistema de legalidad se ofrece, compulsivamente, tanto para “dirimir conflictos” como para alcanzar “el objetivo de descubrir la verdad del hecho histórico” y son estas dos dimensiones las que tenemos que tener presentes para medir los alcances ideológicos del sistema judicial.
El principal supuesto del discurso judicial implica una visión del mundo social muy particular. La presencia de los “hechos” en una “causa penal” está determinada, en primer lugar, por la prueba de la existencia de los hechos considerados delictivos, “criminados”, y por la existencia de sujetos acusados, “incriminados”, en los mismos (Misse, 2005). Es decir, no hay “hechos” si no hay delito, y no hay delito relevante (que no sea “abstracto”) sin delincuente. Esto restringe el interés por lo ocurrido a lo que se relaciona directamente con los sujetos imputados, y si bien en el debate se puede intentar ampliar el número de implicados (como de hecho ocurrió) siempre se hará dentro de este mecanismo de individualización (de un hecho y de un actor).

b) El testigo y el testimonio.
Queremos detenernos especialmente en otro proceso de individualización, el que produce como resultado al “testigo”, porque el testigo junto con su testimonio son piezas fundamentales para el litigio jurídico-legal. Nos encontraremos con toda una transformación del sujeto en la que se articulan lo espacial y lo discursivo.
Aquel que es llamado para testimoniar acude como sujeto de derechos y obligaciones legales, es decir, como ciudadano responsable. Debe concurrir a los tribunales, una vez allí acreditarse y esperar en una habitación el llamado del Tribunal. Luego será conducido a la audiencia. Una vez en la sala permanecerá de pie en el centro junto a un auxiliar y de cara al tribunal. En ese momento la Presidenta del Tribunal le informará que fue llamado a atestiguar para “tal y tal” causa y le formulará una serie de preguntas. A todos los testigos se hacen las mismas, de manera rutinaria y levemente intimidatoria:

- “¿Tiene relación de amistad íntima, enemistad, parentesco o dependencia con alguno de los imputados...? [y los nombra uno a uno]”
Ante la respuesta, que expone la existencia o no de una serie de lazos sociales de suma importancia para el Tribunal, la Presidenta prosigue:
- “¿Tiene algún interés con la resolución de la causa?”
Esta pregunta, más difícil ya que es muy subjetiva, puede generar problemas. Y de hecho los generó durante el juicio en al menos un testigo nervioso: “no entiendo”, se disculpó. La Presidenta repitió la pregunta, pero en un tono bastante más aburrido y apático que la primera vez: “Pregunto si tiene algún interés”, dijo. Y, entonces, el individuo problemático aceptó la neutralización implícita en la respuesta “no”, igual que los demás. Pero, finalmente, es necesaria su palabra:
- “¿Jura decir la verdad?” –interroga el juez.
Es la última etapa de este ínfimo rito de pasaje lo que habilita a dar testimonio. Se trata del compromiso y por alguna razón exige más de quien conteste. No basta con responder “sí” o “no”, como antes, ya que se insistirá “¿Jura o promete?”. Sin la enunciación de esta relación de compromiso con el Tribunal no hay nada interesante que un individuo pueda decir en esa instancia (a no ser que se trate de la declaración de un imputado en la causa); sin esta relación lo que se diga simplemente no existe. Al contestar correctamente el testigo puede tomar asiento.
El compromiso es con el Tribunal y esto está reafirmado por la disposición corporal. A partir de su transformación en testigo, el individuo comienza a ser interrogado por el Fiscal que se encuentra a su derecha y es a sus preguntas a las que debe contestar. Pero su mirada, al menos su cara, no puede dejar de mostrarse al Tribunal. Si, como enseña la costumbre, miramos o contestamos a quien nos habla, por ejemplo al Fiscal, se llamará la atención. Es que en tanto testigo estamos ligados al tribunal por un lazo poderoso y exclusivo. No importa quién hable, el Tribunal pregunta y a él debemos contestarle. El Tribunal es la “gran mediación” en la audiencia, también para el testigo.
Las primeras preguntas a manos del fiscal suelen continuar este interés por el sujeto que ya demostraba la rutina del Tribunal: “¿ocupación?”, “¿formación?” Y las preguntas de este tipo se multiplican cuando se trata de peritos.
El testigo (como individuo de lazos expuestos, neutral en sus intereses y comprometido con el Tribunal) no interesa sino por su experiencia. Pero esta experiencia también tiene que ser trabajada para entrar en la discursividad judicial como testimonio. Aunque en este caso juegan un rol más importante la fiscalía y en general todos los abogados de parte. El discurso del testigo será sobrecodificado en el diálogo, esto es muy claro en un ejemplo tomado del juicio por la masacre de Avellaneda:
- “¿Qué puede decir de lo que pasó?” –Comienza el fiscal.
Se hace una pregunta general que podría dar la oportunidad de compartir una experiencia. Sin embargo, apenas el relato toca algún punto digno de considerarse a los objetivos del juicio comienza la selección de los elementos:
- “¿Con quién estaba?
- Con la Aníbal Verón –responde el testigo.
- ¿Pero de dónde?
- De La Plata –contesta.
- ¿Recuerda los nombres de alguna de las personas con las que viajó?
- Alberto...
- ¿Alberto qué?
- Es el marido de una de las coordinadoras –dice el testigo pensativo.
- Pero el apellido –pide el fiscal apenas impaciente.
- No. –contesta en un tono quedado, como lamentándolo.
- ¿Y quién más? –prosigue el fiscal.
- Andrea...
- ¿Apellido no se acuerda ninguno?”
Aquí la cosa no marcha y nos muestra mejor el modo de selección. No interesa con qué organización vino, ni por qué estaba allí. Es necesario recrear una secuencia para que otros testigos puedan confirmarla o recusarla. Le preguntan qué más recuerda y el testigo continúa hablando. Al rato cuenta que mientras huía del lugar corriendo recibe el impacto de una bala de plomo y cae al suelo. El fiscal se interesa en lo que escucha, sin embargo en ese punto del relato la narración se vuelve confusa. “Usted trate de recordar ese momento”, interrogó el fiscal. ¡Menuda tarea pone al testigo! Pero aunque evidentemente el testigo no puede precisar demasiado, la respuesta sería fundamental para el proceso.
La “reconstrucción de los hechos” se hace siempre a partir de estos criterios básicos: qué ocurrió, con quién, dónde y cuándo. Y estas preguntas refieren a recortes de pocos segundos y exigen precisiones métricas considerables. Otros elementos de la experiencia que el testigo introduzca, su pertenencia a una organización de piqueteros, por ejemplo, sólo son tomados en cuenta si sirven de /medio para la información relevante: “recrear los hechos”. Y esto supone desligarlos de la experiencia vivida.
Claro que también está la tensión entre las diferentes versiones de esos hechos. Pero a lo que apuntamos es que, de todos modos, hay un acuerdo tácito y vinculante sobre las características que deben tener las piezas de esta recreación.
Estos procedimientos aparecen resaltados cuando se trata de peritos. Ellos planificaron la experiencia sobre la que atestiguarán y lo hicieron intentando responder a la demanda del discurso judicial. Comenzaron su trabajo de preparación mucho antes de “vivir” lo que ahora deben relatar. Por eso sus experiencias no requieren tanto trabajo para ser “consideradas”. Se presentan hechos directamente vinculados a las imputaciones, ya recortados, y presentados con todas las precisiones posibles sobre sus manifestaciones externas (lugar, hora, causa, efecto, etc.). Su presentación es adecuada y está desligada de todo sentido ajeno a la finalidad del juicio.

En suma, vemos que el testimonio está en función del juicio por vinculación a los imputados o por su mediación en la recreación de los hechos criminados. Para esto debe ser preciso al relacionar acciones y responsables y adecuarse “a las reglas de la lógica, la psicología o la experiencia común” (Sentencia, 2006: 88). Así, cuando la narración se está desviando de estos fines el fiscal, o quien interrogue, puede operar selectivamente –con mayor o menor fortuna– para efectuar recortes, o simplemente interrumpir el testimonio.
Por supuesto, todo este mecanismo está controlado por el Tribunal que tiene potestad para invalidar preguntas y participar, a la vez que hace de árbitro, en una en una relación tensa con las partes. Éstas también cuentan con mecanismos de intervención en base a un conjunto de derechos, que se ejercen siempre en la forma de pedidos al Tribunal. Lo que no se pone en tensión, al menos a nuestra vista, son los derechos del testigo en el momento de testimoniar. ¿Puede hacer algo más que confirmar estos supuestos neutrales de funcionamiento?
Este mecanismo de individualización legal en función de la criminación de unos hechos y la incriminación de unos sujetos, en cualquier nivel que opere, borra o neutraliza el carácter colectivo de la práctica social y así esconde la solidaridad existente entre las prácticas que clasifica como legales e ilegales. La descontextualización es una herramienta fundamental de la construcción de la verdad judicial y a duras penas puede ser enfrentada. Con esto decimos que en los relatos de los testigos había elementos para enfocar el caso de otra manera, de hecho lo hacemos más arriba, pero los medios y los fines del sistema judicial, su orden de discurso, hace esto imposible. No es menor señalar que incluso la demostración de la “coautoría” de Fanchiotti y Acosta requirió una puesta en relación de numerosos hechos y sólo se logró caratular la imputación de ese modo durante el juicio oral.
En el juicio podemos identificar la culpa de algunos efectivos pero nunca la valoración moral –y por eso social– inscrita en las prácticas de las fuerzas de seguridad, y ésta valoración, como vimos, tiene mucho que decir sobre la “masacre de Avellaneda”. La madre del cabo Acosta tiene algo de razón al indignarse con las preguntas del Fiscal:
“Las cosas que se escuchan acá no tienen nada que ver. ¿Cómo va a preguntar: «Por qué no lo denunció»? Si denunciás a tu jefe sos muerto”.

CONCLUSIONES

Incluso trabajando dentro del campo restringido del veredicto sobre las “autorías materiales” de las muertes y tentativas de homicidio del 26 de junio de 2006, nosotros intentamos demostrar –contra toda apariencia– que tanto el discurso judicial como la represión policial operan juntas ante las organizaciones piqueteras. Y creemos que esta relación se entabla por el hecho de que tanto el aparato judicial como el policial cumplen funciones de gobierno y participan de un litigio político acerca de la definición de lo social y de la existencia, o inexistencia, de una de las partes del conflicto.
Nuestra conclusión es que si bien el litigio judicial puede ser usado por las organizaciones populares para hacer pagar con la cárcel a algunos funcionarios especialmente agresivos con ellas y marcar cierto límite los aparatos de gobierno (principalmente al aparato policial), no tiene demasiado sentido esperar de ese ámbito un cuestionamiento serio de las prácticas de represión policial.
Es que el discurso judicial no puede dar cuenta de la práctica política de las fuerzas de policía. Primero, porque el “objeto” sobre el que la policía actúa (la organizaciones piqueteras que cuestionan el orden social) está invisibilizado en la misma racionalidad legal. Segundo, porque de hacerlo podría evidenciarse su propia e inconfesable práctica política: el discurso judicial actúa sobre el mismo “objeto” que la policía y de una manera homóloga pero en el plano simbólico: no se trata, como en la práctica policial, de identificar el “objeto” en el territorio y reprimirlo, sino –como acabamos de señalar– de reprimir la identificación jurídica de ese “objeto”. En ambos casos se trata de un “objeto” problemático al que no se quiere dar, ni dejar, un lugar. Un “objeto” que no debe existir, que debe ser borrado. Tal vez es el único sentido riguroso en el que podemos entender la fenomenología de la exclusión: la exclusión como estrategia política para neutralizar una fuerza social.
Así las cosas, es fácil entender por qué el discurso judicial tampoco podrá identificar la “operación” que la policía efectúa en la represión política de este colectivo. En su discurso, la práctica policial aparece repartida entre una multiplicidad de individuos y escindida en el juego de la legalidad y la ilegalidad perdiéndose de vista el sentido político global de la represión: el dispositivo de razzia, represión-arreo-cerco, es invisible. Así también la eficacia política de la represión policial desaparece ante nuestros ojos. Es que la política, en general, es un punto ciego en el campo de visibilidad jurídico-legal. Pero la política, en este caso una estrategia política en particular, es también justamente lo que conecta la práctica judicial con la represión policial, expresando su relación estructural.
La política, y cada vez una política, parece ser aquello que por definición debe faltar tanto en las prácticas policiales como judiciales y, sin embargo, es lo que hace posible su funcionamiento, es lo que les da sentido.
De esta manera, las prácticas policiales y judiciales cumplen funciones de gobierno y participan de un litigio político donde, aunque con medios y posiciones diferentes, se conservan mutuamente. La represión policial, ya vimos, opera por la violencia directa a la organización de la parte de la sociedad que se afirma como piquetera. La discursividad judicial, en cambio, opera negando el carácter colectivo de las prácticas al reconstruir los hechos en un universo formado de “sujetos jurídico-legales”. Así, se produce una versión de lo ocurrido en la que la parte piquetera no tiene lugar, mientras que la práctica de la policía aparece escindida, y dónde el propio ser parte del aparato judicial es impensable. El poder judicial produce un discurso que funciona configurando una realidad de individuos delincuentes, damnificados y/o testigos, escatimando tanto la experiencia del litigio político, como el carácter colectivo de las prácticas de represión policiales. Mientras tanto el poder policial, verdadero encargado de tratar el conflicto, es capaz de redefinir los términos de enemistad vigentes en el orden político. Esta redefinición no sólo conserva el orden social dominante, sino que tiene la capacidad de excederlo y reconfigurar los términos del orden de derecho material (el lugar de las relaciones de fuerzas).
El “exceso” propio de la acción policial, esta vez, tuvo que ser recubierto por la acción judicial. Sin embargo, en la complicidad entre la discursividad judicial y el dispositivo policial queda al descubierto que la legitimidad legal, del Estado de derecho, se falta a sí misma. Lejos de ser pensado como un ideal que puede estar corrompido desde dentro por un Estado policial (pensado también como modelo), el Estado de derecho es el Estado de derecho “realmente existente”. Es decir, el Estado capitalista: un Estado de clase. Como tal, tiene una relación contradictoria con sus ideales de legalidad: en ciertos ámbitos (la Justicia) el respeto a estos ideales puede servir para garantizar la continuidad de su incumplimiento en otros (la razzia).
Por último, creemos que este análisis nos permitió comenzar a indagar, detrás de los asesinatos y el “gatillo fácil”, la realidad cruenta de la “cacería política” y de un tipo de enemistad política, todo un concepto de lo político, que no puede soslayarse como una anomalía del Estado. Este “enemigo” puesto en el umbral de los derechos es más bien el sostén actual de la construcción del orden y se presenta como el modelo de toda “enemistad política”.
La noción de que la “política” no implica enemistad, basada en que efectivamente en el juego electoral actual la oposición política no implica desacuerdos de fondo sobre el orden social, lleva al punto de confundir el ser “enemigo” con el no tener derechos (incluso en un magistrado crítico como Zaffaroni). Así las cosas, no tenemos que sorprendernos de que se llamen “democráticos y pluralistas” los que nos nieguen todo derecho cuando, además del resultado, cuestionemos las reglas del juego.
Afortunadamente las prácticas populares no se agotan en la definición de la enemistad que las recubre, no se agota en la estrategia política que hace funcionar al sistema de legitimidad legal del mismo modo que la excepción hace funcionar a la norma. De este otro lado, no diremos que la vida sea más dulce, pero sí que se gestan otras formas de politización, y otros sentidos de la justicia, irreductibles a los términos dominantes. Aquí, la enemistad de los que no comparten ciertas reglas no cierra la posibilidad de alcanzar acuerdos. Al contrario, la enemistad también es el ámbito de la creatividad política y la apertura a las nuevas alianzas. La diferencia, en política, es la diferencia sobre la organización, sobre las reglas, sobre los conceptos. Por eso, la enemistad está presente en las construcciones políticas que buscan la unidad en la diferencia. La unidad se apoya en los acuerdos, en los puntos de coincidencia y a partir de ahí se continúa explorando.
Ahora bien, la definición de un enemigo a destruir no está excluida de esta visión, justamente la definición de este enemigo, con el que no se comparten valores, con el que no es posible componerse, permite aquella otra tolerancia. Precisamente el enemigo que se decide combatir es aquel que no acepta la diferencia e intenta someter a todos a sus propias reglas. El enemigo, desde este lado, es aquel que persigue como criminales a todos los que tienen diferencias con sus reglas, es aquel que identifica enemigo con criminal. Es el que sueña con reducir la política a policía (en su sentido más amplio como “administración” y en el más acotado como “vigilancia”), el que aboga por reducir la discusión de las reglas a su aplicación. Es el enemigo de la enemistad, el enemigo de la política, que se propone como garante de una paz donde el pueblo (las clases oprimidas) soporte pasivamente las peores desigualdades. Pero la destrucción de este enemigo no se identifica con la aniquilación de ciertos individuos, la tarea –como lo enseña la historia de las revoluciones– es mucho más compleja. La corporalidad de este enemigo está en la materialidad de los aparatos del Estado y la producción (e incluso debe ser conjurado en las propias formas de organización).
En este sentido la lucha contra la criminalización y la violencia policial se plantea una tarea tan fundamental como la de organizarse por el cambio social. Los reclamos de Justicia involucran una disputa por la materialidad que define al espacio social y por la propio sentido de la palabra “justicia”.

Junio de 2007.

26 de junio de 2002 - En la estación

Maxi Kosteki y Dario Santillán (parte 1) - imágenes, histo
Darío con otro muchacho junto al cuerpo agonizante de Maxi, antes de la llegada de los uniformados.

represion
Los cabos Acosta y Colman y el comisario Fanchiotti, a punto de ingresar a la estación.

masacre
Darío toma con una mano la mano agonizante de Maxi, y con la otra exorta a los policías a que se detengan.

asesinato
Fanchiotti y Acosta amenazan a Darío y al otro muchacho para que abandonen el cuerpo de Maxi.

dario
Darío es el último en retirarse.

maxi
Fanchiotti inicia la persecución de la otra persona, pero Darío rápidamente lo pasará en la carrera. Acosta también lo persigue. El oficial Quevedo entra por la otra puerta.

duhalde
Una vez traspasada la puerta que da al patio interno de la estación, Darío es fusilado por la espada, a no más de dos metros de distancia. Tanto el comisario Fanchiotti como el cabo Acosta estaban en la misma línea de tiro.

kosteki
Fanchiotti revisa el cuerpo agonizante de Darío. El cartucho rojo servido yace al lado de su pierna.

santillan
El oficial Quevedo conversa con Fanchiotti. Darío recién había sido asesinado.

Maxi Kosteki y Dario Santillán (parte 1) - imágenes, histo
Colman y Quevedo retiran el cuerpo de Darío hasta la vereda.

represion
Colman y Quevedo retiran el cuerpo de Darío hasta la vereda - 2.





masacre
Colman y Quevedo sacan el cuerpo de Darío a la calle.

asesinato
El cuerpo de Darío queda tirado junto al cordón de la calle, custodiado por el cabo Colman.



dario
Fanchiotti se acerca a Darío, y simula revisarlo por primera vez.

maxi
Fanchiotti simula revisar a Darío en la calle.

duhalde
Colman dice a Fanchiotti: "mirá que tu cara quedó en la foto, eh", en referencia a los fotógrafos que pudieron haber registrado el disparo mortal. El audio quedó registrado en la fimación televisiva. Imagen: Canal 9.



kosteki
El oficial Quevedo se acerca al cuerpo de Maxi.

santillan
Levantan los pies de Maxi sobre el cartel de la estación.







Maxi Kosteki y Dario Santillán (parte 1) - imágenes, histo
El oficial De la Fuente y el ex-policía Robledo sacan el cuerpo de Maxi.

represion
Cargan el cuerpo de Maxi hasta la camioneta.

masacre
Después de cargar el cuerpo de Maxi, el oficial De la Fuente pregunta a otro agente: "tenés mis cartuchos, gordo", en referencia a los cartuchos servidos de color rojo que debían recojer después de los disparos para no dejar evidencia.

asesinato
Maxi es cargado en una camioneta.

dario
Maxi es cargado en una camioneta - 2.

maxi
Darío es cargado a una camioneta para ser trasladado al hospital Fiorito. Foto: DyN

duhalde
El gorro de Darío, y su sangre derramada, yacen en el piso de la estación.

kosteki
Más cartuchos de color rojo, que evidencian el uso de munición de plomo, quedaron servidos en la zona de la estación. Imagen: Expediente Judicial.

santillan
Cartel de la estación de Avellaneda con perforaciones hechas por disparos de plomo, lo que evidencia que también en los andenes dispararon contra los manifestantes.


El hospital. El local de IU,
26 de junio de 2002 - En el hospital, el local partidario, los detenidos


Maxi Kosteki y Dario Santillán (parte 1) - imágenes, histo
El sargento Carlos Leiva dispara sobre los manifestantes en la cuadra del local del PC, Izquierda Unida. Foto: Pagina12

represion
Manifestante herido perseguido por policía bonaerense. Foto: Página12

masacre
Con patadas y disparos derribaron la puerta del local partidario.

asesinato
Para entrar al local de Izquierda Unida, saltaron por los techos de las casas linderas.

dario
Fanchiotti en conferencia de prensa.

maxi
El sargento Leiva dispara desde la camioneta, escapando de los piedrazos de los manifestantes.

duhalde
En el playón del Hospital Fiorito, policías de civil forcejean con familiares de los heridos.

kosteki
El sargento Leiva junto a otros agentes de civil con quienes reprimió por la avenida Mitre, en el local partidario y en el hospital. Imagen: TN

santillan
Policía persiguiendo manifestantes por las calles de Avellaneda, arma 9 milímetros en mano.

Maxi Kosteki y Dario Santillán (parte 1) - imágenes, histo
Detenidos a doce cuadras del Puente Pueyrredón.

represion
Detenidos por el parapolicial Robledo.

masacre
El parapolicial Celestino Robledo, ex- agente, portando una itaka de personal en actividad durante la represión.

asesinato
Manifestante baleado en una nalga siendo liberado de la comisaría. Imagen: Crónica TV.


Fuente del post:
http://www.masacredeavellaneda.org/index.php?blog=10
http://www.prensadefrente.org/pdfb2/index.php/new/2007/06/24/p2953

9 comentarios - Maxi Kosteki y Dario Santillán (parte 1) - imágenes, histo

veerk
pone la fuente.
Damian1
muy bueno. Hay un video que se llama \"la crisis causo dos nuevas muertes\", que estaria genial que aparezca en taringa.
CHuBeTe
+10, gracias por mantener esto vigente. FIjate si podés poner algo de JL Cabezas también.
robysantucho
justo lo estaba por postear,igualmente el objetivo esta cumplido y el post es muy bueno


prohibido olvidar!!!!!!!!!!!
NeiKeR -1
Tren Loco - Rostro Oscuro (Dedicada a Dario Santillán)

Metalero valor, era mi amigo él
Rostro oscuro que batalla.
La amistad, veras, es como un camino que la tierra cruza
Pues en verdad al comenzar la tierra no tiene rutas.
Pero cuando muchos hombres marchan en la misma dirección
Allí surge el camino...

Brindo por vos hermano amigo
Brindo por los ausentes y presentes
Las mujeres y el metal!
El vino, algún vicio y nuestra amistad
Cuando Vos te fuiste la primer sorprendida
sin duda fue la muerte.
http://www.free-lyrics.org/29135-Tren-Loco.html

En la estación de tren se metió esta vez
para salvar a un amigo
Pero no volvió, "era uno de la villa”, fue el comentario
De ciertos burgueses pacatos del barrio, nosotros recordamos
Amigos del barrio, la escuela y el bar, con sangre valiente,
Murió como él mas fuerte.


Brindo por vos hermano amigo
Brindo por los ausentes y presentes
Las mujeres y el metal!
El vino, algún vicio y nuestra amistad
Cuando Vos te fuiste la primer sorprendida
sin duda fue la muerte.
dario

No!! No fue la crisis!!
PROHIBIDO olvidar!!
marcelohobbit -1
Lamnto la muerte de esos muchachos pero no tienen derecho a cortar el puente seguro el boludo que posteo no es de Avellaneda y no sabe lo que es eso
ficciondepulpa -2
marcelohobbit dijo:Lamnto la muerte de esos muchachos pero no tienen derecho a cortar el puente seguro el boludo que posteo no es de Avellaneda y no sabe lo que es eso



ahh no vos sos un idiota