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No le temas a La Muerte (/nosleep)


Buenas! En mi anterior post explique que hace rato que soy lector de una pagina en internet llamada reddit en la que hay una categoria llamada nosleep donde los usuarios suben historias de terror, sino reales, por lo menos lo más reales posible. 
El problema con el sitio es que esta en inglés, idioma que muchos taringueros no dominan. Así que me propuse traducir las historias que encontraba más interesantes, no con el fin de ganar mas bits (ejem) sino con el proposito original de la pagina, nosleep: "no duermas". 

 
El título original del relato de hoy es: "No le temas a La Muerte"



Lo voy a decir desde un principio. Crecí en un hogar problemático. Papá se emborrachaba. Mamá se emborrachaba. Debe ser por eso que nunca probé una gota de alcohol. Pero iré directo al grano.

La mayoría de ustedes deben saber el rumbo que va a tomar ésta historia. Papá se emborrachaba y le echaba la culpa de sus problemas a mi mamá y a mí. Mi mamá me encerraba en mi cuarto mientras él... bueno, ya saben lo que la gente agresiva hace cuando está tomada. Más de una vez me quedé dormido escuchando los gritos de mi madre y mi propio llanto.



Entonces mi mamá empezó a beber y se hizo ausente en toda la situación. Al principio papá la siguió golpeando y a mi me dejaba tranquilo en mi habitación. Supongo que eso lo aburrió rápido. Tres días después de mi quinto cumpleaños, papá vino a mi cuarto por primera vez. Nunca había hecho eso antes. Mamá lo tuvo que detener. Rompió mi naríz esa primera noche. Fuimos al hospital y le dije al doctor que me había caido por las escaleras. Me dio la impresión que me creyó.

Después de eso, se convirtió en algo mecánico. Los lunes papá trabajaba hasta tarde y nosotros descansabamos. Los martes y jueves a la noche se quedaba en el bar hasta bien pasada mi hora de ir a dormir. Los miércoles eran lo peor. Los viernes normalmente eran insultos, una cachetada ocasional. Los fines de semana tomaba hasta pasar de largo alrededor de las 4 am. Pero los miercoles. Él venía a mi cuarto y hacía lo suyo. Si yo trababa la puerta me daba doce cintazos. Si lloraba, una cachetada por cada lágrima. Pero si me quedaba quieto y aguantaba sus puñetazos contra mi mandíbula y sus jalones de pelo, quizás no tenía que inventar una historia para justificar mis moretones en la escuela al día siguiente. Yo era un chico travieso y nadie se fijaba si mis manos estaban sucias o si tenía un nuevo moretón en mis mejillas.

Viví dos años temiendo que llegara la noche en la que papá me golpeara tan fuerte que me mandara con los ángeles. La muerte me daba miedo. Un miércoles, estaba sentado en una esquina de mi cuarto cuando lo vi. Un hombre alto en la otra esquina de la habitación. 

Al principio pensé que era una mujer. Parecía que un vestido negro colgaba sobre su cabeza. Un momento después me di cuenta que era una tela. Una capa, pero esa palabra la aprendí años después. Sabía que era lo que estaba mirando. Lo había visto en televisión. Lo había leído en libros. Sabía cómo tenía que lucir La Muerte. 

Pero no podía llorar. Papá me agarraría con el cinturón y La Muerte me llevaría con él. Pero con todo el dolor en mi vida, yo sabía que quería vivir.

Esa noche me dormí en el piso, acurrucado en una esquina del cuarto con un halo de luz de luna proviniendo de la ventana, iluminando mis pies. La Muerte simplemente se paró en la esquina más oscura de mi habitación, atás de la puerta que da al pasillo.

Después de eso, él estaba ahí cada mala noche. Todos los miércoles. Algunos viernes cuando papá estaba fuera de sus casillas. Cada noche se acercaba más. Después de dos meses, se sentaba en la caja de juguetes al pié de mi cama, dándole la espalda a la pared, ligeramente de costado, así siempre podía ver el perfil de su sombrienta capa.

-¿Por qué estás aquí?- Le pregunté una noche. Me miraba desde la caja de juguetes. Las rodillas presionada contra su pecho y sus manos agarrando sus tobillos, casi en una posición fetal, a pesar de que no había miedo en su forma de estar, sólo aburrimiento.

-PARA OBSERVAR- Me dijo. Tragué saliva ante esas primeras palabras. Esperaba una voz susurrante, como en la televisión. La voz de La Muerte era más que eso. Era la voz de un hombre fuerte y confiado. Era la voz consoladora de una madre. La risa de un hombre loco y los grititos de un niño. Me asustó y me calmó.

-¿Para observar qué cosa?- Le pregunté. Él simplemente me miró. Vi sus ojos por primera vez esa noche. Siempre esperaba que fueran un vacío oscuro. En su lugar, eran dos luces azules en una calavera blanca. Esas luces reflejaban galaxias, eternas e inexistentes. Todo y nada convivían bajo la sombra de su capucha. Esas contradicciones me confortaban. 

-A TI, NIÑO- La Muerte me respondió. Pensé que me mentía y me enojé. Le pregunté por qué nunca detuvo a mi papá

-NO ES MI LABOR INTERVENIR- Me dijo. Le pregunté qué quería decir con eso. Me respondió que incluso si él trataba, no podía detener a mi padre. Él simplemente estaba ahí para guiarme si es que mi pesadilla alguna vez se hacía realidad.

Después de esa noche La Muerte fue más un padre para mí que mi propio padre. Una semana después de eso, trajo un grueso libro de cuero. Dentro de él habían leyendas, temas de luz y oscuridad en una cantidad infinita de lenguajes. Me contó esas historias en la voz de mi abuela, que había muerto cuando yo tenía cuatro. Cuando me hice grande, dejó de traer el libro. Se quedaba hasta el amanecer hablando conmigo. Le pregunté acerca de la otra vida y por qué las cosas eran de esta manera. Siempre respondía de manera vaga, diciéndome que algún día entendería. Se quedaba conmigo y me consolaba hasta que el amanecer se asomaba en el techo de mi vecino. Entonces los rayos de sol tocaban su capa negra, volviéndola de un blanco enceguecedor. Entonces desaparecía. Estaría de vuelta la próxima semana, así que yo me preparaba para ir a la escuela. Nunca me cansaba conversando con La Muerte. 

La vida siguió. Cuando tenía doce, mi doctor arregló mi naríz por tercera vez y empezó a hacer preguntas. En tres semanas me sacaron de mi casa y me mandaron a un orfanato. En un momento de pelicula, la familia de mi doctor, que había oído acerca de lo que estaba pasando, me adoptó. Él y su esposa habían tratado de tener hijos por años, sin frutos.

Luego de eso viví una vida feliz. Nunca me olvidé de lo que me pasó en mis años de juventud. Seguí los pasos de mi "padre" y me volví cirujano. Por desgracia los trabajos eran escasos, así que acepté un puesto en la morgue. Todos esos años alrededor de La Muerte me ayudaron con mi nuevo trabajo, y hasta lo disfrutaba.

Mi corazón se rompió cuando mi "madre" tuvo un accidente. Fui yo el que puse la etiqueta de muerte en su pié. Me tuve que tomar toda la semana de descanso. Pero La Muerte estuvo ahí ese día. Se paró en la esquina del cuarto de almacenamiento cuando cerré el cajón. De su mano esqueletica estaba una nenita de ojos verdes y cabello color chocolate. Había visto las fotos de mi madre y sabía que era ella, de unos siete años. Me dolió, pero La Muerte sólo me asintió, y supe que él iba a cuidarla.

A lo largo de mi vida cerré el cajón para mis cuatro padres. Papá chocó contra un negocio, conduciendo borracho. Tuve que dejar el cuarto cuando lo estaban entrando. Si no lo hacía lo iba a escupir. Mamá se emborrachó hasta la muerte un año después. Me lamenté al cerrar su cajón. Mi papá había roto su alma y ella murió adolorida. A pesar de que mi mamá dejó esa morgue de la misma manera que mi "madre", todavía recuerdo los gritos cuando La Muerte arrastró a mi papá por el piso, una cadena roja y un collar de metal ardiendo, alrededor de su cuello. 

Mi padre, el hombre que salvó mi vida, murió cuatro años después. Se fue tranquilo, durmiendo. Me ofrecí de voluntario para cerrarle el cajón. Cuando lo hice, La Muerte llegó y se llevó a un niño pequeño de pelo oscuro y ojos azules.

Puede que te preguntes por qué estoy escribiendo esto. A decir verdad, ni yo estoy seguro. Supongo que quiero decirle a la gente que no le tengan miedo a La Muerte. Él es un ser gentíl con un mal trabajo. Y él salvó mi vida.

Con la vida que él me dio me casé, crié tres hijos, dos nenas y un nene igualitos a su mamá. Tengo nueve nietosy dos bisnietos, con uno más en camino. Perdí a mi esposa el año pasado a causa de un paro cardíaco. Me duele pensar al respecto, pero sé que ella no le tenía miedo a La Muerte. Ella conocía mi historia, la que te estoy contando ahora. Y se fue dormida, sosteniendo mi mano.

Mientras escribo estos pensamientos finales, miro hacia la ventana. Afuera veo una figura en la calle, la nieve soplando sobre su capa negra. Hace un momento abrí la ventana y lo invité a pasar. Cuando vives tanto como yo viví, aprendes a tratar bien a los invitados.

Ahora está parado en la esquina del cuarto. Cuando termine este post voy a apagar mi laptop, poner la linda nenita que él trajo consigo sobre mis piernas y cerrar los ojos. Mi esposa va a cerrar sus brillantes ojos azules y apoyar sus rizos rubios en mi barbilla. Voy a respirar profundo y dormirme. Cuando me despierte voy a estar con mi familia. Voy a ver a mi madre y a mi padre de nuevo. Voy a ver a mi mamá, más feliz de lo que la vi mientras vivía. Y, si tengo suerte, voy a ver a los cuatro perros que tuve.



-MORTIMER- La Muerte me llama desde el rincón. Suspiro y escribo más rápido. Si puedo decir una última cosa. Me gustaría citar lo siguiente: 

"No le temas a La Muerte porque, después de todo, los verdaderos monstruos son las personas".

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