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Una historia de zombis (lo que escribe mi cabeza)

HOLA A TODOS, ACA LES DEJO UNA NUEVA HISTORIA ESCRITA POR MI, ESPERO QUE LA DISFRUTEN, LENA COMENTEN Y SI LES GUSTO PUNTUEN.



-Muy bien señor Martínez, cuénteme ¿cómo es que llego hasta la aldea? Dijo la doctora mientras tomaba nota.
-Lo hare señorita. Respondió sonriendo. Pero dígame, ¿de dónde le gustaría que empiece? Es una historia muy larga.
-Usted dijo algo acerca de una iglesia, ¿podría empezar desde allí?
-En la iglesia no ocurrió demasiado, pero si usted lo desea comenzare desde ese punto.
Recuerdo que todo era caótico. La gente saqueaba locales en busca de provisiones y luego se escondía en sus casas, como si eso fuera la salvación.
Yo era perseguido por esos zombis, no eran muy rápido como usted sabrá, pero si eran demasiados y parecía que se multiplicaban con el correr de las horas. A donde iba, por más bien escondido que estuviera, ellos me encontraban y a lo último no tenía a donde ir.
Recuerdo que era de noche y caminaba sin rumbo por las calles, hasta que me topé con la puerta de la iglesia. Tuve la esperanza de encontrar refugiados dentro, pero el lugar se hallaba vacío. Revise el lugar y encontré bastante comida no perecedera. Era suficiente como para tirar unos meses, pero no para sobrevivir hasta que esto finalizara. Tenía medio tanque de agua limpia y una cama ubicada dentro de la sacristía, además de tener un baño y una puerta segura, era la única que tenía llave, asique ahí me quede.
Un día, estaba acostado en la cama, mirando al techo, viendo pasar mi vida de forma lenta y aburrida, hasta que alguien golpeo la puerta de la sacristía.
-¿Y que hizo entonces? Pregunto la mujer sin levantar la vista del cuaderno.
-Al principio sentí un poco de miedo, no sabía si abrir la puerta era una buena idea, pero tuve que hacerlo. Era eso o esperar a que los alimentos se terminen y morirme de hambre. Puedo decir que no fue fácil, las manos me sudaron y me temblaban las piernas.
Cuando abrí la puerta me encontré con una mujer del otro lado, no estaba mal vestida y se veía confiable, aunque llevaba un revolver en su mano y no dudo en apuntarme a la cabeza.
Solo di algo, me dijo frunciendo el ceño.
Fue gracioso porque las palabras no me salían y la mandíbula me temblaba. Lo único que pude hacer fue levantar las manos, entonces la mujer bajo el arma.
-¿Qué ocurrió luego?
-La mujer me llevo hasta la puerta donde un grupo de hombres y mujeres armados esperaban. Recuerdo que al caminar por la iglesia note que estaba en muy mal estado, llena de polvo y telas de araña y no se veía bien, ya que las luces estaban apagadas.


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Cuando salí y vi al grupo, pensé en que me iban a ejecutar. Recuerdo que lo único que se me había ocurrido en ese momento fue en golpear a uno de ellos, quitarle el arma y tomarlo como rehén para poder escapar, pero el pensamiento duro solo unos segundo, porque otra parte de mi cabeza me advertía que ellos eran demasiados.
La mujer que me había encontrado le aviso a uno de los hombres acerca de las provisiones que yo conservaba en mi refugio. Entonces el hombre le ordeno a otros dos que fuera a por ellas. Lo cargaron todo en un carro y me dijeron que no tenían problema en que fuera con ellos, pero no podían dejarme con todo eso porque ellos también lo necesitaban. Accedí sin chistar y me uní al grupo de supervivientes.
Me acuerdo que la ciudad estaba en muy mal estado. Había autos chocados en las calles, cristales rotos esparcidos por el piso, cada tanto veíamos cuerpo destrozados y había que dispararles en la cabeza, ya que habían vuelto a la vida. Caminamos por la calle Lisandro de la Torre hasta que al fin llegamos al refugio…
-¿Dónde quedaba eso? Interrumpió la doctora.
-Era la cancha de Estudiantes de Buenos Aires en el barrio de Caseros. Contesto de inmediato. –Al entrar un hombre en sillas de ruedas abrió el portón de entrada y pudimos pasar. El hombre llevaba una escopeta recortada en el regazo y casi me vuela la cabeza cuando me vio entrar.
La mujer que me había encontrado, que creo que se llamaba Mirta o Marta, no estoy muy seguro. Le ordeno que bajara el arma y dijo que a partir de ese momento el estadio seria mi nuevo hogar.
Había mucha gente viviendo en ese lugar y todos parecían estar muy tranquilos. Para ser honesto, nunca pude saber cómo habían conseguido para entrar al estadio y convertirlo en una fortaleza. Lo único que sé, es que todos debían trabajar para mantenerlo en buen estado, asique me consiguieron tareas para realizar a cambio de mi estadía.
-Recuerda ¿qué fue lo mejor y lo peor del lugar?
-Lo mejor era que no estaba solo, podía conversar con la gente y mantener largas charas contarnos anécdotas de como habíamos sobrevivido al apocalipsis zombi. Lo peor en mi punto de vista, era tener que montar guardia por las noches y tener que dispararle a los muertos vivientes, que pretendian ingresar para poder alimentarse de nosotros,o quizás lo peor venia después, cuando al día siguiente, el líder ordenaba quitar los cuerpos y llevarlos lo más lejos posible, para que cuando estos se descompusieran el estadio no hediera a muertos.
-¿Sabia como era el nombre del líder?
-A decir verdad no. Nunca me intereso saber el nombre de las personas que vivían ahí, no soy un hombre muy sociable. El único nombre que aprendí era el de mi compañero de cuarto Ernesto, un muchacho flacucho de unos veinte años de edad, con pelos enmarañados y nariz larga y puntiaguda. No es que tuviera lastima por él, pero sentía que ese muchacho no tendría un buen


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futuro. Era un vago realmente, cada vez que le ordenaban hacer algo este se escondía y alguien tenía que hacer el trabajo por él. Me acuerdo que estaba enamorado de una joven un poco más joven, creo que se llamaba Tatiana o algo así, recuerdo haberla visto un par de veces, era bajita y delgadita, eso sí, tenía grandes pechos para una chica de su edad y al pobre Ernesto lo tenían como loco. El muchacho se masturbaba al menos tres o cuatro veces al día.
JAJAJA. Rio el hombre con una especie de melancolía.
Era gracioso verlo, pero al mismo tiempo frustrante, porque en el fondo sabia tan bien como el que no lograría nada con ella.
-Por favor avance un poco más en la historia. Dijo la mujer mirándolo sobre sus anteojos. –O mejor cuénteme ¿cómo fue su estadía y como es que llego hasta aquí?
-Todo iba de maravillas, la gente vivía como si nada, como si hubieran estado toda su vida ahí adentro. En la cancha ósea en el césped habían sembrado semillas de árboles y plantas por todos lados, para evitar que las tormentas no inundara el lugar. Las comidas no eran manjares, pero se podían comer y me llenaban el estómago. Por otra parte, no recibimos más ataques de zombis por unas cuantas semanas y se corrían rumores que todo iba a volver a la normalidad. Pero eso fue falso, ya todo estaba acabado.
Con respecto a cómo llegue hasta aquí. Le diré que fue un día normal, como todos. Recuerdo que limpiaba el cuarto donde dormía mientras que Ernesto miraba por la ventana, de seguro recordaba a Tatiana aunque no estoy seguro de ello ya que nunca decía demasiado al respecto. Supongo que debíamos haber hablado un poco más, porque unos minutos después oímos una explosión proveniente del portón número cuatro.
Me acerque a la ventana para ver, lo único que pude notar era que había mucho humo proviniendo del portón. Al principio pensé que una horda de muertos vivientes había atravesado las vallas pero era demasiado extraño porque casi nunca lograban llegar hasta ellas.
Después de que el humo se disipara logre ver un cuerpo en el piso y me di cuenta que algo andaba mal. La siguiente explosión no se hizo esperar, pero esta vez provenía del interior de donde estábamos.
-Antes de continuar explíqueme ¿dónde es que estaban? ¿El estadio era lo suficientemente grande que tenía un hotel propio?
-No sé cómo se llama ese lugar, pero sé que estaba debajo de las plateas. Ahí estaban las oficinas, las cabinas donde se relataban los partidos, el gimnasio los vestuarios y el comedor. Nosotros usábamos una de las oficinas como habitación pero no era tan grande como para tener un hotel propio.
La mujer asintió con la cabeza y continúo tomando nota.


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-Volveré a donde me había quedado. Después de la segunda explosión, yo me escondí detrás del armario metálico que estaba junto a mi cama. Recuerdo que Ernesto estaba adormecido, cuando algo golpeo la puerta fuertemente e hizo saltar al pobre muchacho de la cama. Recuerdo haberlo visto levantado frente a la puerta, cuando de repente un estallido hizo saltar la cerradura abriéndola de lado a lado.
El hombre enmudeció y la doctora levanto la vista para ver que ocurría. Al verlo, pensó que le caerían las lágrimas pero volvió a hacer una pregunta para que esto no ocurriera.
-¿Y qué fue lo que sucedió con el muchacho?
Antes de continuar, respiro profundo y se tomó unos segundos.
-Fue otro estallido, pero esta vez era el de un arma. Recuerdo haber visto como las tripas salían por el estómago del joven y se esparcían por todo el piso. La verdad quede traumada al ver esa escena pero me quede en silencio viendo como el chico moría desangrado lentamente.
Su rostro estaba tan pálido como el mismo piso en donde estaba recostado. Vi como un hombre calvo, con pinta de loco, lo observaba y al mismo tiempo se reía, como burlándose de él.
Supongo que la suerte estaba de mi lado, porque ni siquiera se tomó el trabajo de entrar a la oficina. Si solo hubiera dado un paso, habría visto que el armario había sido removido de su lugar, ya que el piso estaba marcado. De seguro me habría disparado a mí también y no podría haber contado esta historia. Después que el hombre calvo saliera, tome mi revolver y me escabullí por los pasillos, había cadáveres por doquier y hedía a pólvora. Antes de salir me topé con un grupo de esos locos armados, pero mi instinto de supervivencia me hizo esconderme en un recoveco sin que me vieran. La verdad es que salí como un rayo y estaba a punto de orinarme del miedo. Cuando por fin estuve en la calle, me dirigí al centro de caseros, caminando por la avenida Urquiza. Mire hacia los edificios y casi ninguno tenía ventanas, el interior estaba oscuro y me conmovió un poco el solo hecho de pensar que antes tan solo un par de años atrás vivían familia y que quizás ahora sus huesos yacían ahí adentro.
Nunca había visto a Caseros así en ese estado tan deplorable. Viví casi toda mi vida en ese barrio y lo había visto en muy mal estado, pero no así.
-¿Así cómo?
-Así, tan vacío que parecía muerto, con las calles llenas de coches abandonados, con basura desparramada por las veredas, con puertas y ventanas clavadas con tablas de madera. Admito que siempre soñé con ver un apocalipsis zombi en mi ciudad, pero en ese momento me di cuenta lo tan arrepentido que estaba. No era nada como lo imaginaba y era aterrador.
Camine lo más rápido que pude hasta que llegue a la calle Tres de Febrero. Me encontré que el paso por la avenida Urquiza estaba cerrado y no había posibilidad de continuar, asique gire sobre mis pies e intente volver, suponiendo que los locos ya se habían esfumado.


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Al voltear me di cuenta que no estaba solo. Ciento de miles de infectados me habían estado siguiendo en silencio y ahora estaban muy cerca de mí. Mire para el lado izquierdo y las vías del tren San Martin no se veían muy confiables además de que algunos infectados comenzaban a aparecer por ahí. Sin pensarlo dos veces, encare hacia el otro lado. Recuerdo haber visto una ametralladora sin balas, montada sobre sacos de arena, a la mitad de la cuadra. Apure el paso pero uno de esos zombis ya estaba lo tenía casi encima y tuve que correr. Solamente volteé para ver a donde estaba y cuando volví a poner la vista hacia adelante, me di cuenta que otra pared de muertos vivientes se formaba frente a mis ojos.
-¿Y qué es lo que paso señor Martínez? ¿Cómo es que logro sobrevivir?
-Lo primero que pensé fue en levantar una de las persianas de los negocios y meterme en el interior, pero eso solo retrasaría mi muerte y si lograba sobrevivir ahí dentro seria agónica. Después recordé que traía un arma en la mano pero tampoco me serviría de mucho, ya que solo tenía seis balas en el tambor. Me di cuenta que solo tenía dos opciones…
-Cuéntemelas por favor. Interrumpió ansiosa por saber que había pasado luego.
-La primera opción, era escaparme utilizando muy bien las seis balas, asestando los disparos y abrirme el camino necesario para salir con vida, pero solo era una estupidez ya que me rodearían de inmediato y me comerían vivo.
-¿Y la segunda?
-La segunda era quitarme la vida y era la más lógica y la más rápida de terminar con toda esa mierda.
Puse el revolver a la altura de la cien y puse el dedo sobre el gatillo. Cerré los ojos mientras los muertos seguían acercándose de manera lenta. Estaba a punto de disparar, cuando volví a abrirlos. Esta vez dos zombis estaban justo frente de mí, a punto de abalanzarse. Volví a cerrar mis ojos y en ese momento, cuando estaba por hacerlo, sentí la acelerada de un camión y el rugido del motor andando a toda velocidad. Sentí el golpeteo de los cuerpos impactados por las chapas del camión y abrí los ojos. Alguien me había visto y atravesó la pared de zombis, desparramándolos y destrozándolos por todos lados. Solo fue un segundo, los monstruos que tenía delante habían extendido sus brazos para tomarme de los hombros. De repente, sentí el chillido de los frenos y los dos monstruos fueron a parar casi a las vías del tren. Sonrió el hombre.
-Señor Martínez, nuestra sesión ya está por terminar. Dijo la doctora mirando su reloj. –Por favor sea breve para finalizar con su historia.
-Si señora. Respondió. –El hombre que me había salvado la vida era ese tal Toni. Recuerdo que bajo la ventanilla y me grito que me apresurara o quedaríamos rodeados. Corrí hasta el lado del acompañante y antes de subir, dispare mi revolver dándolo en la cabeza a uno de los infectados. Una vez que subí, recuerdo que el hombre hizo un gran esfuerzo en girar el volante para regresar y


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unos segundos después, el camión estaba abriéndose paso nuevamente y un par de horas más tarde nos dirigíamos hacia este lugar.
-Muy bien señor. Irrumpió la doctora. –Ya es la hora, pero antes de que se vaya ¿Quiere decirme si está arrepentido de algo?
-La verdad es que sí, me arrepiento de no haber podido ayudar a ninguna de las personas con las que había estado conviviendo en el estadio. Dijo levantándose de la silla y un minuto después, salió del consultorio.


E.A.CASTILLO


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SI VALE LA PENA HAGANME LO SABER, YA QUE TENGO OTRAS HISTORIAS COMO ESTA, ESCRITA QUE DEJE EN EL OLVIDO, DESPUES DE HABER LEIDO GUERRA MUNDIAL Z DE MAX BROOKS. NO ES UNA COPIA, SIMPLEMENTE SE ME ADELANTO (OBVIAMENTE YO NO SABIA NADA ACERCA DE LO QUE EL HABIA ESCRITO) SALUDOS…

2 comentarios - Una historia de zombis (lo que escribe mi cabeza)

RafaelV69 +1
creo que es un excelente relato de zombies, por un momento pensé que la invasión zombie solo había ocurrido en la cabeza del protagonista, y que la doctora era una psiquiatra o algo asi