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Boards of Canada – Tomorrow’s Harvest

Advertencia: Este articulo contiene un cierto exceso de Jerga Gallega

Boards of Canada – Tomorrow’s Harvest

Los siete largos años que abarcan desde 1999 al 2005 suponen exactamente el mismo lapso de tiempo que Boards Of Canada han dejado transcurrir entre su último material editado, el EP Trans Canada Highway, y el ansiadísimo LP que procedemos a analizar a lo largo de este comentario, Tomorrow’s Harvest. Construir el grueso de una discografía reverenciada en siete años entregando Music Has The Right For The Childern (1998), Geogaddi (2002) y The Campfire Headphase (2005) para -después de lanzado un año después del último LP citado el EP mentado en primera instancia- proceder a no dar señales de vida durante el mismo tiempo, en los hermanos escoceses, supone una clara intención de decir algo concreto. De mostrar un fin determinado. De explicitar algo de forma críptica, a través de las cifras y lo que de ellas se averigüe a través de la numerología. Y creemos que, si bien su música no ha sufrido cambios, lo que subyace y se desprende de ella desde luego que si. Han dejado un tríptico a sus espaldas y han dejado transcurrir siete largos –larguísimos- años que no dejan de ser un punto de inflexión prolongado en el tiempo en un grupo que maneja a su antojo las percepciones del mismo en sus oyentes y el librejuego que se trae con los mecanismos de la memoria y su recurrir a ella. Pero, muy especialmente, inician un nuevo ciclo, o eso creemos poder afirmar en base a ciertos indicios que se manifiestan en forma de contrastes y diferencias respecto a lo que eran constantes en sus tres LPs anteriores. No, lo subliminal del disco, que no es poco, todavía no hemos podido descifrarlo.


Es bien sabido el perfeccionismo extremo del que hacen gala Michael Sandison y Marcus Eoin. Perfeccionismo no evaluable en términos de virtuosismo en el manejo y rédito sonoro obtenido de aparatos ya no antiguos, digamos directamente vetustos, casi de los albores de la electrónica en según qué cacharros. Bien, decíamos: dicho perfeccionismo, el propio a quienes invierten dinero, tiempo y paciencia para hacerse con la posesión y manejo de un aparato que les sirva para figurar en Tomorrow’s Harvest durante un único segundo de audio y, además, de forma apagada, exclusivamente detectable cuando se llevan varias escuchas y se presta atención a cada una de las capas que entretejen determinadas piezas, solo pueden saber ellos con qué fin lo ponen en práctica. Solo ellos pueden saber si el perfeccionismo es tal en base a lo satisfechos que queden con cada uno de sus discos. Solo ellos, en realidad, saben cuáles son las pretensiones que les llevan a tamaño esfuerzo en pos de algo que al resto de los mortales nos queda al alcance exclusivo del pabellón auditivo, pues intencionalidades, pretensiones y significados son empresa de la especulación y las cábalas, pero sin la obtención jamás de una respuesta que confirme y desmienta. Esto es evidente en un grupo que gusta de manipular de forma subliminal para terminar por conformar con su obra un todo paralelo al efecto de los sustentos de la mística y la fé: los acólitos podrán teorizar en menor o mayor grado, sin saber jamás si se aproximan a la verdad con sus conjeturas al respecto. La obra musical de Boards Of Canada es lo que sustenta la proximidad de sus seguidores y el que se aventuren a intentar interpretarla; ellos, a su vez, son los Dioses de su propia mística o culto, da igual cómo se le quiera llamar al entramado, y jamás darán una respuesta, sabedores de que sería el derrumbe de un sistema que se sostiene gracias a cómo interactúan los aspectos más necesitados de lo irracional/místico de la naturaleza humana y lo concerniente a la memoria en la mente. De verdad, que aunque parezca mentira es así.


Conocidas son las maniobras de manipulación mental a las que someten a sus oyentes Boards Of Canada, sirviéndose de varios experimentos más propios del proyecto MK-Ultra que de una formación que, en teoría, debería dedicarse en exclusiva a despachar piezas musicales. A lo largo de los LPs y EPs anteriores al objeto principal de esta crítica comparativa encontramos el recitado vocoderizado de secuencias numéricas –aquí hemos de sacar a colación las estaciones de radiotransmisión dispersas por varios puntos de la geografía mundial, habilitadas durante la guerra fría para la emisión de mensajes cifrados y de las que se han recopilado no pocas en ese monumento al canguelo que responde al nombre de The Conet Project-, la introducción de frecuencias sólo interpretables de una forma muy concreta por la mente (no a la manera de un sonido cualquiera, sino actuando casi a la manera de estímulo cuya respuesta fisiológica es determinada y cerrada), alusiones a la geometría en las estructuras (recordemos aquí a Carl Jung y todas sus teorías sobre numerología, geometría y la relación que guardan con el pensamiento mágico y los arquetipos colectivos que provienen de la noche de los tiempos), onomatopeyas alocutadas por niños casi procedentes de otro multiverso de cómo consiguen que suenen tras haberlas sometido a sampleos, deterioros y desgastes y, lo más evidente, pasajes recitados por miembros de famosos cultos y sectas, guiño al oyente a la manera del fundador de un entramado religioso que simula un milagro para mantener los niveles de fé de los que le siguen. Un cúmulo de maniobras y estrategias que distancian a Boards Of Canada de cualquier otra formación. Con ellos no se sabe si quieren que se escuche su música para vender discos o con otros fines más turbios e inquietantes.


Dicha toda esta sarta de gilipolleces a lo Sánchez Dragó en modo flipao, separemos a Tomorrow’s Harvest de los tres LPs que le preceden. Se parecen, desde luego, siguen existiendo tantos puntos en común como divergencias han surgido ahora entre ellos, pero es esto último lo que nos anima a separar este LP del conjunto que forman los anteriores, a considerarlo un nuevo ciclo. La metodología compositiva de Boards Of Canada, a estas alturas, no iba a cambiar, claro está; llevan dos décadas perfeccionando esa mecánica y rutina de la perfección que señalábamos antes y no van a tirar años de trabajo en algo que, precisamente, les hace diferentes pese a compartir muchas influencias con otras tantas bandas. Lo que si vemos ya de inicio en la portada es un rupturismo severo. Boards Of Canada siempre se han guardado de aludir a lo contemporáneo, no en vano graban en granjas –bien en su Escocia natal, bien en Nueva Zelanda- lo suficientemente aisladas de los núcleos urbanos como para poder evitar toda aquella tecnología que les recuerde en qué año andan. Se sitian y sitúan en un momento indeterminado que sólo se podría contextualizar vía los instrumentos de los que disponen, digamos una época a situar entre 1950 y 1980; se convierten en una suerte de amish musicales, evitando toda aquella influencia que los innumerables avances tecnológicos que desde 1980 se han dado en todos los ámbitos -omnipresentes en el día a día de la gente en la actualidad- pueda condicionar de alguna manera esa celda bucólico-temporal que ellos mismos crean con su vuelta a la naturaleza sin tecnología, a la manera de un Paraíso Perdido autoinducido y replicable con esta acción acometida por los hermanos. Las portadas de los tres LPs anteriores mantenían esa congruencia con el ambiente de trabajo creado: ninguna alusión al presente en el que se grabaron, sólo imágenes difusas de niños o personas en un ambiente difícil de posicionar en un año concreto por no tener referencia alguna para ello. Ahora una imagen de San Francisco -la ciudad de las cuestas por donde descienden a velocidades absurdas gays en patines, no el Santo- preside Tomorrow’s Harvest, sin viraje, etalonajes ni decoloraciones de la fotografía; es la propia incidencia lumínica de lo que parece ser el sol de la mañana con la difuminación a causa de la contaminación presente en la ciudad lo que confiere a la imagen un aspecto parecido a la toma de inicio y títulos de Soylent Green (aka Cuando El Destino Nos Alcance), algo inquietante, rollo el instante inmediatamente anterior a una catástrofe monumental que cambie todo para siempre. En todo caso lo que queda es eso, vestigios y evidencias de contemporaneidad (los rascacielos y la contaminación, que sirven para contextualizar temporalmente con poco margen de error) en lugar de instantáneas de un pasado aparentemente feliz. El mirar a tiempos pretéritos con una sonrisa durante tres discos consecutivos se cambia ahora por el vistazo al presente, cuando no futuro inminente, no sin cierto pavor.


En relación a lo anterior es relevante que Boards Of Canada han dejado de instalar en sus oyentes recuerdos de infancia no vividos jamás, esas famosas secuencias no pocas veces comentadas que surgen de la cualidad que tienen los hermanos por pulsar e invocar parcelas de la memoria para jugar a su libre antojo con ellas, alterándolas cuando no sustituyéndolas por otras artificiales que articulan con su música. En Tomorrow’s Harvest desaparece esa capacidad mesmerizante y de abstracción por inducción exógena de las circunstancias pretéritas de cada oyente, o al menos así ha sucedido en nuestro caso. Podría decirse que han dejado de jugar con la mente de sus seguidores,que se han cansado de ser los arquitectos malignos de la realidad protagonistas de una novela de Philip K. Dick. Y esto ocurría sin excepción en los tres LPs anteriores en varias ocasiones.


Por otro lado, las pistas que conforman cada LP también presentan divergencias, por sus características y por el sentido que tienen en la secuencia de los discos. En los tres primeros existía una clara distinción entre los cortes largos y los pasajes cortos, casi interludios de los anteriores. A su vez cada LP estaba concebido para ser escuchado de forma íntegra en la secuencia dada para que todo encajase según las intenciones de Boards Of Canada. En Tomorrow’s Harvest sucede lo mismo, si, pero aparece un punto de ruptura importante. Si en los tres LPs anteriores la posición de cada pista, su duración y demás características básicas tenían el objetivo claro –en lo que a los interludios se refiere sobre todo- de maximizar el efecto de las porciones de larga duración, de preparar el terreno para que el calado emocional sobre el oyente fuese el designado por los hermanos, aquí todo parece responder a una secuencia narrativa a la manera de cualquier film setentero del género post-apocalíptico. Las evidencias no son pocas. En los tres LPs anteriores el contraste entre pieza corta y larga era innegable, se podía saber sin problema alguno cuál era la función de estas piezas en el contexto que suponía cada disco, qué era preámbulo preparatorio y qué coda conclusiva. Ahora esto no queda nada claro: los interludios no son tan cortos y las piezas principales se han aligerado en términos de duración, terminando por parecer exactamente eso que decíamos hace nada, suites dentro de un score de película catastrófica. Además los hermanos han admitido que en esta ocasión buscaron deteriorar el sonido aproximándolo al que podría obtenerse de un VHS hecho cisco, un ejercicio de estilo ya usado anteriormente pero sin explicitar un formato tan concreto y con características tan definidas como es la cinta VHS. Un formato que no permite acceder a un contenido determinado sin recorrer –aunque sea en modo Rewind o modo Fast Forward- lo que le precede o sigue, según sea el caso. O lo que es lo mismo: un formato eminentemente asociado a la narración tanto por sus características físicas (y cómo inciden estas en la reproducción del mismo) como por ser soporte -salvo excepciones tipo recopilatorios de vídeos musicales y similares- de material narrativo. En este sentido Tomorrow’s Harvest no difiere demasiado en espíritu de las OSTs ficticias que viene acometiendo Umberto, e incluso lo evidencia al abrirse con Gemini, que da comienzo con un sonido que remite inequívocamente a la mini fanfarria de rigor que acompañaba a cada VHS al dar comienzo la película en él contenida, la clásica pieza de dos segundos asociada a la distribuidora del film que estaba por dar comienzo. El sentimiento que prevalece durante la escucha completa es ese, el de estar ante piezas a las que se les ha dado una misma importancia y que ocupan el lugar que tienen por un motivo concreto, si, pero que en esta ocasión responde a una intencionalidad narrativa, no a crear picos en las piezas largas inducidos –o maximizados- por las piezas cortas que les preceden. Una importancia idéntica para los 17 cortes que forman ese todo que es Tomorrow’s Harvest, sin quedar ninguna pieza con funciones gregarias o supeditada a otras.


En el sonido varios apuntes. Los beats vuelven a la época de Music Has The Right To The Children, baterías tratadísimas hasta parecer quizá más el sonido recogido de cualquiera de los robots industriales que puedan estar dando el callo en una factoría que el producto de un aparato secuenciado por un ser humano. Esa cadencia rítmica ahora incorpora cierto matiz negativo, o agorero al menos, llegando a dar cierta impresión de andar realmente Skynet -o, peor aún, Apple- tras ello. Ahí queda Palace Posy, que irrumpe de forma abrupta, para ser el epítome de esto que decimos en Tomorrow’s Harvest. Los flangers abundan en capas y subcapas, las cuales van recorriendo la duración de las pistas desde la aparente despreocupación por la melodía -casi en forma de bucle o loop- a la sintonía armónica perfecta en la que suelen concluir conforme llegan a su fin las canciones, sin ser muy conscientes ni enterarse muy bien en primera instancia quienes escuchan de cómo ha sucedido eso ni qué mierdas ha pasado para que suceda si la alquimia no existe y en principio el cemento no se puede convertir en oro. Sigue habiendo voces y recitados numéricos, ya despojados de todo atisbo de procedencia humana, el tono es directamentero bótico, incidiendo en ese matiz chungo que aportan los beats y reforzando la sensación de… ¿temor, quizá? No sabemos con qué término acotar la sensación que produce, igual inquietar sea lo que más cerca le ronde. Los sintetizadores y teclados evidencian más que en cualquiera de los tres LPs anteriores la influencia del kosmischen, John Carpenter, Fabio Frizzi, Riz Ortolani y demás titanes en Boards Of Canada, por mucho que los traten distanciándolos de ellos, deteriorándolos hasta el extremo . En este sentido es conveniente recordar que John Carpenter musicó con un score excepcional (a pachas con Alan Hotward) la película que fue el germen del cine post-apocalíptico y sus explotations italianas, la maravillosa 1997: Escape De Nueva York, y que Fabio Frizzi acostumbraba a musicar las enormidades del gran, gigante, Lucio Fulci, titán en vida de la agresión a la mirada además de extraño demiurgo en sus propias ficciones que nunca abandonó el más jodido de los determinismos para aquellos personajes que se veían mezclados en sus historias. Es decir, post-apocalipsis (aka cambio radical en el orden social, independientemente de si las causas que lo provocan son inducidas por humanos o la naturaleza) y determinismo, que de alguna manera creemos que serían las dos palabras para definir este nuevo disco de Boards Of Canada. Nos da que los hermanos esperan un nuevo orden próximo al que se mostraba Mad Max II y que ya han hecho acopio de agua, gasolina y berberechos Escuris.


Boards Of Canada han suprimido, eso sí, las guitarras de The Campfire Headphase. Las guitarras o los instrumentos de cuerdas que usasen. Un hallazgo excepcional para lo que pensamos es la obra maestra de Boards Of Canada, discrepando con prácticamente todo el mundo que les conoce y aprecia. Allí se usaban las cuerdas bebiendo de lo que hiciese Paul Giovanni en la banda sonora de The Wicker Man, influencia reconocida ahora por los escoceses y evidente desde la primera escucha de dicho disco. Aquellas guitarras o laudes le daban cierto tono igual psicodélico no, pero ancestral si, rollo comunión y contacto con sus conciudadanos escoceses fenecidos siglos atrás vía la ingesta de droga alucinógena, y servían para ampliar ese espacio-tiempo de nadie, sólo de Boards Of Canada y por ellos configurado, donde pueden convivir beats electrónicos con guitarras de otras épocas sin resultar ni los unos ni los otros anacrónicos. Y ya que mentamos The Campfire Headphase, otra razón de que, más que el fin de ese disco en concreto, aquello suponía el cierre de una etapa: la última pieza, Farewell Fire, era un Disintegration Loop en toda regla, tanto por apreciarse que detrás había un proceso que emulaba de forma artificial lo que William Basinski obtuvo de forma accidental, ese deterioro fruto de la erosión que devenía en fin, como por el título que tiene y las connotaciones de ambas cosas. Tanto es así que de aquellas pensamos a la primera escucha del LP al completo que con ese corte final Boards Of Canada decían adiós, no hasta luego. Justo del revés a lo de aquel episodio de Médico de Familia donde el payaso de Emilio Aragón se despedía de Marcial, el eterno bedel muerto en trágico accidente.


¿Y se disfruta Tomorrow’s Harvest? Desde luego. Es una mamada auditiva, o una comida de coño orejera, caso de ser mujeres quienes leéis esto. A las ya mentadas particularidades de las que hacen gala los hermanos, que les separan por completo de cualquier otro grupo de la historia reciente –aquí queda su campaña publicitaria para anunciar el LP, de la que por supuesto nos hemos abstraído para no ser tan necios de confundir un divertimento maravilloso con algo que condicionase nuestras expectativas y, por lo tanto, también el disco a criticar- y configuran de la manera que son sus grabaciones, el material satisface de pleno. Son ellos en una nueva etapa, que es lo que queríamos decir con todo el ladrillo que dejamos en los párrafos que habéis leído para llegar aquí (gracias si continuáis leyendo, de veras), de la que quedan vestigios de la anterior pero que a su vez es diferente por varios motivos, los expuestos. Hay piezas excepcionales (Reach For The Dead, elegida para ser el single de adelanto por saber los hermanos que funciona de forma independiente sin problema alguno) con entidad autónoma y todavía mayor calado dentro de la narración que proponen, al igual que existen otras menores quizá prescindibles de nuevo si optamos por separar las partes del todo pero imprescindibles en ese hilo narrativo que presentan de “Planteamiento, Nudo y Desenlace”. Hay momentos de tal belleza que es difícil no postrarse ante ellos, sin ir más lejos Sundown. La narración se cierra con Semena Mertvykh, que acerca a Boards Of Canada a Angelo Badalamenti (en concreto al tema principal que compuso para Mulholland Drive) mientras se alejan, algo raro porque también tiene un andamiaje de nuevo aproximado a un Disintegration Loop. Fade out erosivo de conclusión, si bien no tan prolongado como en The Campfire Headphase. Y entre el principio de esta nueva etapa y ¿el final abierto a una secuela? dejan genialidades importantes, del nivel de articular Collapse con una estructura de palíndromo en torno a su mitad y similitudes entre piezas que permiten entrever alguna suerte de vínculo. Que es lo que toca indagar en las innumerables escuchas que le debemos todavía a este disco excepcional.


Concluimos que nuestra ex es una puta Tomorrow’s Harvest es un disco que hay que tener. No es The Campfire Headphase, la obra cumbre de los escoceses, pero contiene pasajes que ningún otro grupo o individuo puede igualar de momento o hasta que se pruebe lo contrario. Una vuelta que es la más deseada de este 2013 junto a la relativa decepción del retorno de My Bloody Valentine, con quienes los escoceses comparten no pocos paralelismos en lo concerniente a su manera de afrontar las grabaciones, obsesivas hasta la locura. Lo de Boards Of Canada no es de este mundo, y lo decimos en serio: se crearon uno propio para permitirse hacer lo que hacen. Gloria a ellos.

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