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Córcega, una esmeralda en el corazón del Mediterráneo

Córcega, una esmeralda en el corazón del Mediterráneo



Un relato mitológico cuenta que las siete islas del Archipiélago Toscano se originaron cuando Venus Tirrénica surgió de las aguas, y se rompió la diadema de perlas y piedras preciosas que adornaba su frente y éstas se esparcieron por el mar. De las perlas nacieron siete hermosas islas: Capraia, Elba, Giglio, Giannutri, Gorgona, Montecristo, Pianosa, y una bella esmeralda: Córcega


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El irrefrenable deseo de disfrutar del mar y sus playas pueden sumergirnos en un torbellino de cemento, bares de comida rápida y shows ideados para turistas desprevenidos, o transportarnos al paisaje casi intacto de una isla mediterránea que se resiste a las grandes cadenas hoteleras y al turismo de masas: Córcega.

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Fue kallisté, “la más sublime” para los griegos; para nosotros es la cuna de Napoleón, y para los franceses es Île de Beauté, isla de la Belleza, un destino que, a sólo dos horas de vuelo desde París y un poco más si se cruza en ferry desde Niza, Marsella o Toulón, aún conserva su esencia salvaje, y la naturaleza es reina y señora. Allí no hay cabida para los amantes del ritmo vertiginoso, no hay autopistas, los cerdos y las cabras pasean su tranquilidad por los caminos y las vacas toman sol en la playa. La vida cotidiana transcurre en cámara lenta.

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Es difícil sustraerse a los vericuetos de su historia, cada invasor dejó su huella, y fue esa incomparable mezcla de culturas la que hizo florecer el singular espíritu corso. Los primeros en ocuparla fueron los griegos, seguidos por los romanos, en 1077 pasó a formar parte de la República de Pisa, dominio que duró dos siglos, hasta que los genoveses vencieron a su histórico rival y la reclamaron como propia. Se erigieron como amos por cinco centurias durante las cuales construyeron puentes, torres, iglesias y pueblos fortificados. En el siglo XVII, cuando Génova entró en decadencia, Córcega disfrutó de catorce maravillosos años de independencia, hasta que en 1768 fue cedida a Francia.

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La isla es como un rompecabezas conformado por todos los paisajes imaginables. Frondosos bosques salpicados de lagos que se recuestan en altos picos montañosos moteados de nieve eterna. Playas de agua transparente con piedras multicolores como fondo, interminables cintas de arena blanca, cascadas cristalinas, acantilados que se entierran entre olas violentas los días de viento. Tan pródiga resultó con ella madre natura que la UNESCO declaró cuatro de sus parajes Patrimonios de la Humanidad: Les Calanches, los golfos de Girolata y de Porto, y la reserva natural de Scandola.

Córcega, una esmeralda en el corazón del Mediterráneo


Les Calanches queda en la costa oeste. Es un conjunto de formaciones graníticas que el trabajo del viento transformó en figuras asombrosas, su color naranja intenso resalta sobre el azul profundo del mar creando un cuadro sorprendente en el que resaltan las constituciones rocosas del golfo de Porto. Pero la mejor manera para llegar a estos lugares es una excursión en barco, a menos que el contagioso espíritu de aventura que sobrevuela la isla induzca a los visitantes a recorrer el antiguo sendero para mulas que lleva a Girolata, un pequeño pueblo pesquero con fortín genovés propio, si no el agua es el medio por excelencia. En el golfo de Porto se encuentra la reserva de Scandola, dos mil hectáreas de espacio terrestre y marino protegido, que alberga 450 especies de algas, 150 de especies de peces, aves raras como el águila pescadora, y aromáticos arbustos autóctonos entre los que sobresale el maquis.


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Desde el oeste hacia el sur


Un buen punto de partida para recorrer la isla es Ajaccio, su capital y referente de la Corse du Sud. Emplazada en el centro de un golfo abierto, las olas se acercan hasta que parecen lamer el centro de la ciudad. Rodeada por playas de fácil acceso, pueblerina y mundana al mismo tiempo, allí nació Napoleón, su casa, la Maison Bonaparte, es casi un sitio de peregrinación, lo mismo que el museo Cardenal Fesch, donde se exponen obras de arte de maestros de la talla de Botticcelli, Belllini y Tiziano, que el religioso trajo de Italia.

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Si la idea es caminar la excursión indicada son las islas Sanguinarias, donde al caer el sol el mar parece desangrarse, que están a siete kilómetros, no es la única forma de llegar, se puede tomar un ómnibus, o mejor aún, en un trencito casi de juguete.

Entre los grandes atractivos de Ajaccio están su mercado de gastronomía autóctona en la plaza Cesare-Campinchi, y una ciudadela llena de restaurantes y de cafés con terrazas que se abren sobre el mar. Los domingos el paseo inevitable es regatear en el Marché aux Puces, el mercado de pulgas.

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Seguir camino a Bonifacio parece la elección más adecuada. Imposible no detenerse en la playa de Cupabbia. El camino está orlado de pueblos típicos que cuelgan de las laderas de las montañas, allí disfrutar un café se vuelve toda una experiencia. Las paradas posibles antes de arribar a destino son Sartène, Propiano y la playa de Roccapina.

Y por fin Bonifacio, vagar por el puerto, el cementerio marino, la muralla, los miradores y el casco viejo valieron el trayecto recorrido. Las playas de la zona son Rondinara, Santa Giulia, las islas Lavezzi, a las que se llega en barco, y Palombaggia que está en Porto Vecchio, un paraíso de arena fina y pinos.

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Lo más espectacular es, sin lugar a dudas, la escalera del rey Alfonso V de Aragón, con sus 187 escalones tallados a mano que atraviesan la fachada sur de los acantilados. Dicen que en 1420 el monarca tenía intenciones de conquistar la ciudad, y, ante la resistencia que opusieron los pobladores, los soldados aragoneses pretendieron entrar construyendo una empinada escalera que comunicaba con un pasaje que los lugareños usaban para llegar a un pozo de agua. No tuvieron suerte, fueron descubiertos antes de terminar de concretar sus planes, abandonaron la alocada idea y nunca más se los volvió a ver.


Córcega, una esmeralda en el corazón del Mediterráneo

Otra vez en marcha


Es obligatorio pararse a disfrutar un plato de ostras en algún puesto del camino a Bastia. La ciudad, que mira hacia Italia, es un muestrario de arquitectura genovesa. Acá también los domingos la cita ineludible es el mercado de pulgas para recorrer la oferta de los anticuarios. Para comer lo mejor es el mercado de comida de la Place du Marché. El puerto es él mismo todo un paisaje, los veleros, los viejos pescadores tejiendo redes de recuerdos y el campanario conforman una estampa singular.

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Al otro lado del puerto está la citadelle genovesa desde donde, en los días de viento, se pueden ver Elba, Pianosa y Capraia, tres de las perlas toscanas. Imperdible el paseo por el Cap Corse, enclave de pueblos que conservan el espíritu corso como su bien más preciado. El camino a pie hasta Barcaggio es una guirnalda de acantilados, torres genovesas y playas que bordea la costa atravesando el maquis.

En el lado oeste del cabo está Centuri, pueblo pesquero cuya especialidad culinaria es la langosta. Al final de la excursión espera Nonza, una de las sorpresas del viaje.

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A quienes el sentido del glamour no les da tregua no deben desesperar, Saint Florent, es un recorte de la Costa Azul, con puerto deportivo y yates deslumbrantes. A poco de ahí está el desierto de los Agriates, la reserva natural más grande del mediterráneo, ideal para recorrer en bicicleta. Su mejor playa es la Saleccia.

Antoine de Saint-Exupéry, quien partió desde aquí en su último vuelo, una misión de reconocimiento para el desembarco de los aliados en Provenza, decía que el sol le había hecho tanto el amor al mar que terminaron engendrando Córcega.


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1 comentario - Córcega, una esmeralda en el corazón del Mediterráneo

liber
muuuy lindo lugar! algún día...